Crítica x Netotem©

¿Por qué la maquinaria cinematográfica norteamericana nos presenta siempre los mismos sobreexplotados modelos? Superficiales comedias románticas, ridículas y ultra violentas películas de acción. Rocky Stallone Balboa, Indiana Jones y Bruce Willis resurgiendo del geriátrico. Los absurdos enfrentamientos de Freddy Vs. Jason, Alien Vs. Predator, únicamente nos falta Terminator Vs. Harry Potter. Contamos con un ‘overbooking’ tal de psycho-killers, que resulta extraño que quede un solo ser humano sobre la faz del planeta.

De entre lo mejor de la producción general, destaca Blade Runner (Ridley Scott, 1982), sin duda, la película de culto con los valores estéticos más interesantes de la década. La cinta se adelanta al cambio climático y nuestra deshumanizada globalización pilotada por grandes empresas como la omnipotente Tyrrell Corporation, (paradigma del capitalismo salvaje). Asimismo, formula numerosos postulados que se desarrollaron posteriormente con la etiqueta del arquetipo cyberpunk.

De las procelosas aguas de los 80 surgieron numerosos personajes marcados por clichés de naturaleza hiper individualista. El replicante proto-ario Nexus-6 de Blade Runner es el ángel caído, superhombre de Nietzsche. Prometeo con fecha de caducidad, que termina ajustando cuentas con el Dios de la biotecnología. También contamos con el mítico Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, John Milius, 1982) conducido por el lema «Lo que no te mata, te hace más fuerte» por las tierras cimerias de Cuenca a un final muy al estilo de Apocalipsis Now. Incluso Amadeus (Milos Forman, 1984) puede interpretarse como el genio de personalidad vulgar y vida desordenada que encaja perfectamente en el modelo representativo de la era Reagan.

Además de Blade Runner, destacan por su ambiente asfixiante, otros muchos largometrajes: la esquizofrenia de El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980). La carcelaria Brubaker (Stuart Rosenberg, 1980). Por ser la primera en usar imágenes electrónicas en cine comercial: Tron (Steven Lisberger, 1982), donde el protagonista se encuentra atrapado en el software de un ordenador, argumento simplificado de la mesiánica Matrix de los hermanos Wachowski; la paranoia musical de El muro (The Wall, Alan Parker, 1982); la amenaza de apocalipsis nuclear en Juegos de guerra (War Games, John Badham, 1983); la gran repercusión de la producción televisiva El día después (The Day After, Nicholas Meyer, 1983); Testamento final (Testament, Lynne Littman, 1983) y Miracle Mile (Steve De Jarnatt, 1988).

No podemos dejar al margen Paris, Texas (Wim Wenders, 1984); las pesadillas de Cuando llega la noche (Into the Night, John Landis, 1985); Jo, qué noche! (After Hours, Martin Scorsese, 1985) y Brazil (Terry Gilliam, 1985). Retrato de una sociedad aplastada por la monitorización de la burocracia kafkiana del aparato estatal o 1984 (Nineteen Eighty-Four, Michael Radford, 1984), de la novela homónima de George Orwell ya adaptada en 1984 (Michael Anderson, 1956) y El corazón del ángel (Angel Heart, Alan Parker, 1986), basada en el mito de Fausto en clave «Noir».

En contraposición con el clima tecnológico Único testigo (Witness, Peter Weir, 1985), presenta los contrastes entre el consumismo y violencia que reinan en las calles de Philadelphia y la pureza de la comunidad Amish de Pennsylvania, anclada en principios del siglo XVIII, de manera similar al empleado en Sábado trágico (Violent Saturday, Richard Fleischer, 1955).

Siguiendo esta línea, es de destacar un cine de marcado signo ecologista e incluso claramente reivindicativo en algunos títulos: las producciones sur africanas con distribución de la Fox Los dioses deben estar locos I y II (The Gods Must Be Crazy, Jamie Uys, 1980/1988) hacen una llamada a la no interferencia en culturas primitivas. La ultra comercial El lago azul (The Blue Lagoon, Randal Kleiser, 1980) tiene incluso una versión muda anterior a The Blue Lagoon (Frank Launder, 1949); la antinuclear Silkwood (Mike Nichols, 1983); Los lobos no lloran (Never Cry Wolf. Carroll Ballard, 1983); La selva esmeralda (The Emerald Forest, John Boorman, 1985); en defensa de los chimpancés de los programas espaciales de: Proyecto X (Project X, Jonathan Kaplan, 1987) o Gorilas en la niebla (Gorillas in the Mist, Michael Apted, 1988). Basadas, estas dos últimas, en historias reales.

Incluso la versión de Tarzán de $3m, Greystoke: la leyenda de Tarzán (Greystoke, the Legend of Tarzan, Hugh Hudson, 1984), tiene su vertiente ecologista. La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, Peter Weir, 1986) es también la aventura ecológica de un científico idealista. Algo similar sucede con el reivindicativo western: Bailando con lobos (Dances with Wolves, Kevin Costner, 1990).

A pesar de la cinta épica de Costner, después del mencionado fracaso de La puerta del cielo, el western queda más que tocado, para revivir en contadas excepciones como Forajidos de leyenda (The Long Riders, Walter Hill, 1980) o el western de $25m Silverado (Lawrence Kasdan, 1985). El jinete pálido (Pale Rider, Clint Eastwood, 1985) realiza una versión bastante libre de Raíces profundas (Shane, 1953). Otra versión del mito de Pat Garret y Billy el Niño en Arma Joven (Young Guns, Christopher Cain, 1988) y la segunda parte: Arma Joven 2 (Young Guns 2. Blaze of Glory, Geoff Murphy, 1990).

Desde un planteamiento diferente, los documentales Koyaanisqatsi y Powaqqatsi (Godfrey Reggio, 1982, 1988), también cuentan con gran influencia estética e ideológica sobre obras posteriores, presentan las contradicciones de nuestra civilización y las enormes desigualdades de vida de los terrestres.

En la inteligente comedia Tootsie (Sydney Pollack, 1982), se parodia el mundo de las series televisivas, haciendo una caja de $177m. Ausencia de malicia (Absence of Malice, Sydney Pollack, 1981) se adentra en el mundo del periodismo, pero es Al filo de la noticia (Broadcast News, James L. Brooks, 1987), la producción más mordaz en su representación de las ambiciones arribistas de los trepas, y las grandezas y miserias en el despiadado mundo de las redacciones informativas de los platós televisivos. Este largometraje es heredero directo de la tradición de Network, un mundo implacable (Network, Sidney Lumet, 1976).

El clima social individualista satura toda la sociedad norteamericana, y no es difícil encontrar el mensaje «sálvese quien pueda» de El turista accidental (The Accidental Tourist, Lawrence Kasdan, 1988), que además obtuvo una recaudación mundial de $250m. Mensajes de este tipo se encuentran en los géneros más variados: «Ahí fuera estamos solos y mañana tendremos que salir otra vez» de Reencuentro (The Big Chill, Lawrence Kasdan, 1983). En la que la generación de jóvenes radicales de los 60 se ve sobrepasada y abrumada por el materialismo y la competitividad de la nueva era.

Los viejos activistas de los 80 no lo tienen mejor que los yuppies reciclados. En Un lugar en ninguna parte (Running on Empty, Sidney Lumet, 1988). Los cuatro miembros de la familia perseguida por el FBI por su pasado terrorista opuesto a Vietnam viven como proscritos de ciudad en ciudad. Por su parte, Sexo, mentiras y cintas de video (Sex, Lies and Videotape, Steven Soderbergh, 1989), destapa las miserias de la clase acomodada y supuso en el Festival de Sundance la explosión del cine indie. Productoras como Miramax, de los controvertidos hermanos Bob y Harvey Weinstein se dieron cuenta de que también se podían reventar las taquillas con el cine independiente.

Destaca por su temática la comedia Rude Awakening (David Greenwalt, Aaron Russo, 1989). Distribuida por Orion Pictures, cuenta la reveladora historia de dos hippies que, tras veinte años de aislamiento en surAmérica, vuelven a Nueva York en los años ochenta, para encontrase a sus compañeros de protestas revolucionarias convertidos en los que más odiaban años atrás: yuppies hundidos hasta el cuello en la vorágine consumista.

Proliferan, en estos tiempos revueltos, las fantasías post apocalípticas, tipo 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981) o el «Tech noir» de Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984); El guerrero del amanecer (Steel Dawn, Lance Hool, 1987); Hardware (Richard Stanley, 1990). La continuación de la saga darwinista punk Mad Max, que sirvió para lanzar al australiano Mel Gibson. La calidad de los tratamientos de este mismo subgénero se embrutecen y degeneran para adaptarse el paladar exquisito de los amantes de los subproductos de la incomprendida «Serie B». Hasta alcanzar el paroxismo chapucero de Def Con 4 (Paul Donovan, 1985) o Aftershock (Frank Harris, 1990), por poner solo un par de ejemplos.

Ante el endurecimiento de las condiciones laborales en USA, aparecen películas sobre dramas laborales en la línea de finales de los 70, como Blue Collar (Paul Schrader, 1978) o Norma Rae (Martin Ritt, 1979). Destaca particularmente Matewan (John Sayles, 1987) por su mirada nostálgica al sindicalismo minero. La influencia del más puro estilo del clásico La sal de la Tierra (Salt of the Earth, Herbert J. Biberman, 1954) pesa sobre todas ellas. Hay que destacar también la calidad de la producción germana Última salida, Brooklyn (Lezte Ausfahrt Brooklyn, Uli Edel, 1989), que encaja perfectamente en los patrones del género. No son cintas aisladas, podemos encontrar otras como: Pisa a fondo (Gung Ho, Ron Howard, 1986) sindicalismo y automóviles japoneses o Final de trayecto. (End of the Line, Bob Balaban, 1988), road movie ferroviaria de dos viejos que van de Arkansas a Chicago para recuperar sus empleos.

A thin blue line (Errol Morris, 1988), es otro atípico documental que pone en tela de juicio el sistema judicial y saca a colación aspectos de la América más bizarra y profunda.

Por su parte, Michael Moore, con su estilo habitual, libró su particular batalla con General Motors a causa del desmantelamiento industrial de su ciudad natal en Michigan en Roger & Me en 1989. En este documental, el presidente de GM, Mr. Roger B. Smith, se convierte en involuntario e invisible protagonista del filme.

Dentro del cine de tintes románticos, sobresale la reveladora filmografía del «sex symbol» indiscutible de la década: Richard Gere. El actor saltó a la fama por su papel, con ropa de Armani, en American Gigoló (American Gigolo, Paul Schrader, 1980), y cuando nadie se atrevía (se dice que John travolta rechazó el papel y que a Christopher Reeve le ofrecieron un millón de dólares de la época), pasó de Oficial y caballero (An Officer and a Gentleman, 1982) a Pretty Woman (Garry Marshall, 1990). De esta manera, el flamante marine-príncipe azul en ascenso social con su inmaculado uniforme blanco, por el que todas suspiran a principios de los 80, se convierte en un pygmalion-yuppie neoyorquino. Sueño dorado del cuento de hadas de cualquier cenicienta-prostituta de L.A. La evolución no puede ser más significativa. En cuanto a «La Roberts», sufre también su particular metamorfosis: de patito feo a flamante cisne a golpe de talonario.

Mención especial merece Adrian Lyne. Exitoso realizador del insustancial vídeo clip Flashdance (1983) en el que la compañera del metal se convierte en «prima ballerina» y 9 semanas y media (9 1/2 weeks, 1986) de un «sado light» muy inferior a Terciopelo azul (Blue Velvet, David Lynch, 1986). Posteriormente dirigió el taquillazo Atracción fatal (Fatal Atraction, Adrian Lyne, 1987), en su particular exposición del clima moral de la época, los peligros del adulterio y de dar rienda suelta a las pulsiones sexuales, con alegoría del SIDA incluida. Dejando bien claro su mensaje reaccionario y moralizante. A pesar de que diversos grupos feministas reivindicaron un papel mucho más digno para la mujer.

El SIDA fue también instrumentalizado como una plaga bíblica por los sectores más conservadores. Castigo divino por la promiscuidad (especialmente homosexual). Bautizada en un primer momento, cuando todavía no se conocían sus orígenes, como «gay plague». La muerte de Rock Hudson en 1985 fue importantísima en la concienciación sobre la enfermedad y las posteriores campañas de prevención.

Atracción fatal no es un caso aislado, en 52 vive o muere (52 Pick-Up, John Frankenheimer, 1986) el marido adúltero es chantajeado y posteriormente acusado de asesinato. Ciertamente, estos argumentos suponen un paso atrás con respecto a obras como El mundo según Garp (The World According to Garp, George Roy Hill, 1982) o la reivindicativa Yentl (Barbra Streisand, 1983), que fracasó en las taquillas. Incluso en producciones aparentemente desinhibidas, del tipo La mujer de rojo (The Woman in Red, Gene Wilder, 1984), remake de Un éléphant ça trompe énormément (Yves Robert, 1976), no se libran del final moralizante respecto al sexo.

Encontramos también dramas feministas en ambiente rural: En un lugar del corazón (Places in the Heart, Robert Benton, 1984); Country (Richard Pearce, 1984); Cuando el río crece (The River, Mark Rydell, 1984). Y también en el en la esfera laboral, gobernada por los hombres: Cómo eliminar a su jefe (Nine to Five, Colin Higgins, 1980) con las secretarias dando buena cuenta del plutócrata machista de turno; Sospechoso (Suspect, Peter Yates, 1987); Acusados (The Accused, Jonathan Kaplan, 1988).

El llamado «sexo débil» no lo parece lo más mínimo. La ambición capitalista no es patrimonio exclusivamente masculino y está firmemente instalada a todos los niveles en los espacios laborales femeninos. En Corazón sobre ruedas (Heart Like a Wheel, Jonathan Kaplan, 1983) la protagonista también triunfa en el ultramachista mundo de las carreras automovilísticas. La competencia y falta de escrúpulos se manifiestan en Armas de mujer (Working Girl, Mike Nichols, 1988) y Magnolias de acero (Steel Magnolias, Herbert Ross, 1989) da una visión ingeniosa y muy femenina: «Lo único que nos separa de los animales es nuestra capacidad para usar componentes a juego».

Buscando a Susan desesperadamente (Desperately Seeking Susan, Susan Seidelman, 1985) y Algo salvaje, Jonathan Demme Something Wild, 1986) añaden a su mensaje feminista una inconformista ruptura con las normas establecidas.

Las obras con la xenofobia y el racismo como cuestión de fondo, siempre controvertidas, tuvieron su desarrollo en realizaciones que trataban la cuestión racista de forma alegórica como Perro blanco (White Dog, Samuel Fuller, 1981), Dr. Jekill para los blancos, asesino Mr. Hyde para los negros, o de manera explícita en Ragtime (Milos Forman, 1981), costosa adaptación de $32m de la novela ambientada a principios del siglo XX; Historia de un soldado (A Soldier’s Story, Norman Jewison, 1984); El color púrpura (The Color Purple, Steven Spielberg, 1986); Arde Mississippi (Mississippi Burning, Alan Parker, 1988); Paseando a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, Bruce Beresford, 1989); El sendero de la traición (Betrayed, Constantin Costa-Gavras, 1988) con su racismo escondido en la América profunda y Tiempos de gloria (Glory, Edward Zwick, 1989).

La británica Un mundo aparte (A World Apart, Chris Menges, 1988) y Una árida estación blanca (A Dry White Season, Euzhan Palcy, 1989) recogen el relevo de Grita libertad (Cry Freedom, Richard Attenborough, 1987) en la denuncia de la segregación racial Sudafricana, si bien sus protagonistas son, desgraciadamente, siempre blancos.

Descendiente de la «blaxplotation» aparece con gran éxito: Haz lo que debas (Do the Right Thing, Spike Lee, 1989), representante de un nuevo «realismo urbano», bajo la sombra de un racismo y una violencia siempre latentes. Al margen de militancias raciales Eddie Murphy disfrutó de gran éxito comercial en sus sagas: Límite 48 horas /II (48 Hours, Walter Hill, 1982/1990) y Superdetective en Hollywood /II (Beverly Hills Cop, Martin Brest/Tony Scot, 1984/1987).

Incluso en la comedia más tradicional del tipo Entre pillos anda el juego (Trading Places, John Landis, 1983), se especula sobre la génesis del éxito social y económico, jugando a príncipe y mendigo entre «brokers» de Philadelphia. El actor neoyorquino triunfa a base de desafiante genio y desparpajo en un mundo de altas finanzas exclusivo de los blancos. El filme hubiera resultado muy distinto si lo hubiera protagonizado Stallone, como en un principio se planeó.. Murphy continuó posteriormente con comedias del tipo: El chico de oro (The Golden Child, Michael Ritchie, 1986); El príncipe de Zamunda (Coming to America, John Landis, 1988) y Noches de Harlem (Harlem Nights, Eddie Murphy, 1989).

Algo muy similar, aunque a menor escala, sucede con la actriz Whoopi Goldberg en Jumpin’ Jack Flash (Penny Marshall, 1986) y La ratera (Burglar, Hugh Wilson, 1987).

El cine se introduce en el mundo homosexual con espíritu tímidamente reivindicativo en numerosos títulos: A la caza (Cruising, William Friedkin, 1980); Personal Best (Robert Towne, 1982); Víctor o Victoria? (Blake Edwards, 1982); Algo más que colegas (Partners, James Burrows, 1982) pareja de polis distinta; Victor y Victoria. (Viktor und Viktoria, Reinhold Schünzel, 1933), remake de la comedia Viktor und Viktoria (Reinhold Schünzel, 1933); Lianna (John Sayles, 1983) siempre en la brecha con su cine independiente. Su otro amor (Making love, Arthur Hiller, 1982); El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman, Héctor Babenco, 1985) que recaudó unos nada despreciables $17m de la época; Media hora más contigo (Desert Hearts, Donna Deitch, 1985); Miradas en la despedida (Parting glances, Bill Sherwood, 1986); Trilogía de Nueva York (Torch Song Trilogy, Paul Bogart, 1988); Compañeros inseparables (Longtime Companion, Norman René, 1990), que se adelanta un tiempo a la oscarizada Philadelphia (Jonathan Demme, 1993).

Como suele ocurrir, los títulos británicos son, por lo general, más interesantes Otro país (Another Country, Marek Kanievska, 1984); Mi hermosa lavandería (My Beautiful Laundrette, 1985); Maurice (James Ivory, 1987); Ábrete de orejas (Prick Up your Ears, Stephen Frears, 1987) o las producciones germanas de Rainer Werner Fassbinder como Querelle de 1982.

Las polémicas más fuertes se destaparon por cuestiones religiosas -con la iglesia hemos topado, amigo Sancho-. Agnes de Dios (Agnes of God, Norman Jewison, 1985) entró en la vieja controversia entre lo sagrado y lo humano. Pero fueron Yo te saludo, María (Je vous salue, Marie, Jean-Luc Godard, 1984) y La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, Martin Scorsese, 1988) las que levantaron ampollas. Como ya ocurrió anteriormente, de forma muy similar, con la comedia británica: La vida de Brian (Monty Python’s The Life of Brian, Terry Jones, 1979). Estas producciones caldearon bastante el ambiente, chocando de lleno con el clima conservador de la época. Piezas artísticas para unos, blasfemias para los otros, vinieron a polarizar la vieja dialéctica entre progres recalcitrantes y militantes integristas.

La producción The big picture (Christopher Guest, 1989) hace una síntesis muy lúcida en clave de comedia surrealista de cómo la superficial y caprichosa maquinaria de Hollywood presiona al joven y talentoso realizador para que haga una película comercial bastante absurda, siguiendo los gustos del momento y, por supuesto, las exigencias del mercado, en vez de dedicarse a «su película».

Dos estafadores y una mujer (Tin Men, Barry Levinson, 1987) es un material típicamente ochentero, sobre vendedores sin escrúpulos que se destrozan mutuamente los Cadillacs y acaban a cuernos. Resulta curioso que ambos frecuentan el mismo ambiente de Baltimore de los 50 de Diner (Barry Levinson, 1982). El comité que investiga sus estafas les expulsa finalmente del gremio por estafa. Tiene un aire similar a la posterior Éxito a cualquier precio (Glengarry Glen Ross, James Foley, 1992).

Rain Man (Barry Levinson, 1988) es la historia de otro egoísta vendedor de coches interesado por la herencia y la codicia de los casinos que, en este caso, termina cediendo ante el amor fraternal.

Y para finalizar, como paradigma indiscutible del cine de la década, encontramos la cinta: Wall Street (Oliver Stone, 1987). Según el propio director es una extensión de La torre de los ambiciosos (Robert Wise, 1954). Ninguna otra producción representa de forma tan completa el espíritu de la época y la falta de escrúpulos de esta tormentosa era. Al grito de «La codicia es buena» da rienda suelta a un egoísmo narcisista rebosante de erótica del poder.

La acción discurre, como su título indica, sobre las moquetas de los lujosos despachos de los «brokers» de la capital financiera del planeta. Bud Fox, corredor de bolsa interpretado por Charlie Sheen, es el joven «rookie» ambicioso y sin escrúpulos, que de la mano del codicioso Gordon Gekko (Oscar: mejor actor para Michael Douglas) se introduce en una compleja trama de especulaciones bursátiles, espionaje industrial y tráfico de información privilegiada. Inspirados por los principios del I-Ching, el libro del cambio del antiguo oráculo chino y El arte de la guerra de Sun Tzu, los protagonistas perpetran las más temerarias operaciones bursátiles.

Oliver Stone, con una puesta en escena muy estudiada, realiza una brillante condensación del espíritu de su tiempo. Su obra proporcionó a los yuppies, y demás adoradores del «becerro de oro» un espejo donde mirarse en su camino de escalada hacia la cima de la sociedad de consumo.

El planteamiento de Wall street, en cuanto a su presentación de una sociedad corrupta e inmoral, donde todo está permitido, se llevó al extremo en el largometraje American Psycho (Mary Harron, 2000). Basado en la novela homónima de Bret Easton Ellis de 1991. Iniciado en las premisas del protagonista de Oliver Stone, este nuevo yuppie tiene incluso más intensos y sofisticados impulsos psicopáticos que Henry: retrato de un asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, John McNaughton, 1986). Lo peor, desgraciadamente, estaba aún por llegar.

Remakes del cine ochentero

La década ofrece inmejorables condiciones para la secuela y el reciclaje de las viejas ideas. También los clásicos se rehicieron en versiones más acordes con la época. Los estudios no buscan ya el éxito de una producción, o el taquillazo de un buen «blockbuster», el objetivo empresarial es hacer despegar una franquicia con el máximo de entregas, que permita amortizar al máximo, y con el mínimo riesgo, los rendimientos del capital invertido. De la misma manera en que se opera en cualquier otra empresa capitalista.

Contamos con nueva versión de El cartero siempre llama dos veces, (The Postman Always Rings Twice, Bob Rafelson, 1981) con guión de David Mamet; y Fuego en el cuerpo, Body Heat, Lawrence Kasdan, 1981), creada a imagen y semejanza de Perdición, (Double Indemnity, Billy Wilder, 1944), favorita de los freudianos rastreadores del complejo de Edipo. En ambas cintas la lujuria y la ambición se vinculan en perfecta comunión, con ulterior castigo de los codiciosos adúlteros.

Estos filmes sirvieron para establecer un nuevo género denominado «thriller erótico» al que se pueden sumar: 9 semanas y media (9 1/2 weeks, Adrian Lyne, 1986); Querido detective (The Big Easy, Jim McBride, 1987); Atracción fatal (Fatal Attraction, Adrian Lyne, 1987) y Melodía de seducción (Sea of Love, Harold Becker, 1989) con la asesina de maridos en citas sexuales y Labios ardientes (The Hot Spot, Dennis Hopper, 1990). Aunque en general, y a pesar de sus calenturientas pretensiones, » pecan » de un erotismo bastante » light «.

La industria se empeña en explotar los grandes títulos del cine negro como el pugilístico Cuerpo y alma (Body and Soul, Robert Rossen, 1947), del que se perpetra Body and Soul (George Bowers, 1981); Contra todo riesgo (Against all Odds, Taylor Hackford, 1984), paupérrima versión de otro gran clásico del «film noir»: Retorno al pasado (Out of the Past, Jacques Tourneur, 1947); No hay salida (No Way Out, Roger Donaldson, 1987) de El reloj asesino (The Big Clock, John Farrow, 1948) o Muerto al llegar (D.O.A., Annabel Jankel, Rocky Morton, 1988) con Dennis Quaid y Meg Ryan, calcando otro reputado título: Con las horas contadas (D.O.A., Rudolph Maté, 1950).

El ya mencionado Brian de Palma, realizó en Vestida para matar (Dressed to Kill, 1980) su particular homenaje a Psicosis. En El precio del poder (Scarface, 1983), pone al día su particular Scarface Hawksiano en una orgía de balas y cocaína del guionista Oliver Stone. Su protagonista, interpretado por Al Pacino, deportado de Cuba, encuentra en el capitalismo consumista de Miami la puerta abierta para su ambición. La Pfeiffer simboliza su rubio-WASP objeto de deseo: «En este país, primero haces dinero, cuando tienes dinero te haces con el poder, y cuando tienes el poder, tienes las mujeres». Este personaje megalómano y materialista tiene muchos aspectos en común con el protagonista Star 80 (Bob Fosse, 1983), compartiendo además con él su trágico final.

Una almohada para tres (Willie & Phil, Paul Mazursky, 1980) es la adaptación 20th Century-Fox del filme de culto Jules et Jim (François Truffaut, 1961).

Incluso el número uno: Billy Wilder agota la fórmula del binomio Lemmon-Matthau en Aquí, un amigo (Buddy, Buddy, 1981) adaptando la misma historia de El Embrollón (L»emmerdeur, Edouard Molinaro, 1973); La comedia Todos rieron (They All Laughed, Peter Bogdanovich, 1981) se parece sospechosamente a La ronda (La Ronde, Max Ophüls, 1950); Atmósfera cero (Outland, Peter Hyams, 1981) presenta en forma de western espacial Sólo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann, 1952) y The Incredible Shrinking Woman (Joel Schumacher, 1981) es un burdo remake del clásico: El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, Jack Arnold, 1957); Aprovechando el inexplicable éxito comercial de Los Locos de Cannonball (The Cannonball Run, Hal Needham, 1981) se realizó un segundo episodio al año siguiente. Vieja Amistad (Old Acquaintance, Vincent Sherman, 1943) da lugar a Ricas y famosas (Rich and Famous, George Cukor, 1981).

Tras la pista de La Pantera Rosa y La Maldición de la Pantera Rosa, Blake Edwards, 1982, 1983) agotan los últimos chistes fáciles del inspector Clouseau; La cosa (The Thing, John Carpenter, 1982) revisita la pesadilla de carácter MacCarthysta de El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, Christian Nyby, 1951); Las aventuras de Mike Hammer en Yo, el jurado (I, the Jury, Harry Essex, 1953) son continuadas con más morbo por Richard T. Heffron en 1982; Richard Pryor hace de todo por conseguir dinero en Su juguete favorito (The Toy, Richard Donner, 1982) versionando El juguete (Le jouet, Francis Veber, 1976); El beso de la pantera (Cat People, Paul Schrader, 1982) proviene de La mujer pantera (Cat People, Jacques Tourneur, 1942); contamos además con las secuelas de The Amityville Horror (Stuart Rosenberg, 1979): Amityville II: The Possession (1982) y Amityville 3-D en 1983. Los recalcitrantes porreros Cheech y Chong se pasan de vueltas en Como humo se va (Up in smoke, Lou Adler, 1979) seguida de Cómo flotas tío (Cheech and Chong’s next movie, Thomas Chong, 1980); Vendemos chocolate (Cheech and Chong’s nice dreams, Thomas Chong, 1981) y Seguimos fumando (Still Smoking, Thomas Chong, 1983).

De Little Orphan Annie (Ben Holmes, 1938) se produjo Annie (John Huston, 1982), fiasco musical en la réplica femenina del Dickensiano Oliver; The Loveless (Kathryn Bigelow, 1982) es una copia de Salvaje! (The Wild One, Laslo Benedek, 1953); Mis problemas con las mujeres (The Man Who Loved Women, Blake Edwards, 1983) es la adaptación norteamericana de El amante del amor (L’Homme qui Aimait les Femmes, François Truffaut, 1977); Como uña y carne (The Black Stallion Returns, Robert Dalva, 1983) no tuvo ningún pudor en copiar la producción de Coppola: El corcel negro (The Black Stallion, Carroll Ballard, 1979); Pasando por el anodino remake de À bout de souffle (1960): Vivir sin aliento (Breathless, Jim McBride, 1983) que lanza definitivamente a un Richard Gere en uno de sus mejores momentos.

Bésame y esfúmate (Kiss Me Goodbye, Robert Mulligan, 1982) versiona la brasileña Doña Flor y sus dos maridos (Dona Flor e Seus Dois Maridos, Bruno Barreto, 1976).

Contamos también con las precuelas de Psicosis: regreso de Norman (Psycho II, Richard Franklin, 1983) y Psycho III (Anthony Perkins, 1986); Oh, God! (Carl Reiner, 1977) da lugar a Oh, God! Book II (Gilbert Cates, 1980) y Oh, God! You Devil (Paul Bogart, 1984).

Los caraduras (Smokey and the Bandit, Hal Needham, 1977) da lugar a una versión del mismo director de 1980 y otra de Dick Lowry en 1983.Tenemos además una nueva Ser o no ser (To Be or Not to Be, Ernst Lubitsch, 1942) en Soy o no soy (To Be or Not to Be, Alan Johnson, 1983) de la factoría personal de Mel Brooks; Bob Swaim, director de La Balance (1983), realizó la anglosajona La calle de la media luna (Half Moon Street, 1986); El Golpe II (Sting II, Jeremy Paul Kagan, 1983) rehace sin ninguna gracia la cinta protagonizada por Newman y Redford; No hubo suficiente con El gran tiburón (Jaws 3, Joe Alves, 1983) y se empeñaron en producir Tiburón, la venganza (Jaws: The Revenge, Joseph Sargent, 1987).

Lío en Río (Blame It on Rio, Stanley Donen, 1984) con Michael Caine y Demi Moore tiene un antecedente francés llamado Un moment d’égarement (Claude Berri, 1977); Crackers (Louis Malle, 1984) también se basa en la neorrealista Rufufú (I soliti ignoti, Mario Monicelli, 1958) en la que también se inspiraron los guionistas de Atraco a las tres (José María Forqué, 1962); De nuevo Brian de Palma prepara en Doble cuerpo (Body Double, 1984) un sándwich con dos rebanadas de Hitchcock: una de Ventana indiscreta y la otra de Vértigo y mucho morbo en el medio, acompañado con el tema «Relax» de «Frankie goes to Hollywood»; Enamorarse (Falling in Love, Ulu Grosbard, 1984) con Robert de Niro y Streep en el remake del viejo clásico británico Breve encuentro (Brief Encounter, David Lean, 1945); Hasta 2010: Odisea dos (Peter Hyams, 1984), intentó aprovecharse del éxito de la mítica obra de Kubrick; En Sed de poder (The Pope of Greenwich Village, Stuart Rosenberg, 1984) también se revisan las neoyorquinas Malas calles (Mean Streets, Martin Scorsese, 1973), en busca del dorado sueño americano; El filo de la navaja (The Razor’s Edge, 1984) es otra tediosa versión de la novela de W. Somerset Maugham; Infielmente tuya (Unfaithfully Yours, Howard Zieff, 1984) proviene de Unfaithfully Yours (Preston Sturges, 1948) y MGM/UA produjo con bandera británica Motín a bordo (The Bounty, Roger Donaldson, 1984) sin la calidad de ninguna de las dos versiones anteriores de La Bounty.

No podía faltar en esta época de capitalismo salvaje el clásico de Arthur Miller, eso sí, en versión televisiva: Muerte de un viajante (Death of a Salesman, Volker Schlöndorff, 1985) protagonizado, en esta ocasión, por Dustin Hoffman y John Malkovich; El hombre con un zapato rojo (The Man With One Red Shoe, Stan Dragoti, 1985) viene de Le grand blond avec une chaussure noire (Le grand blond avec une chaussure noire, Yves Robert, 1972); Brewster’s Millions (Joseph Henabery, 1921) cuenta con un buen número de versiones hasta llegar a El gran despilfarro (Brewster’s Millions, Walter Hill, 1985) a mayor gloria del cómico del momento, Richard Pryor.

Tenemos La Matanza de Texas II (The Texas Chainsaw Massacre 2, 1986) también del cineasta Tobe Hooper; Un loco suelto en Hollywood (Down and Out in Beverly Hills, Paul Mazursky, 1986) nos da a conocer los peligros de acoger a los vagabundos que vienen a suicidarse en tu piscina de Beverly Hills. Es el remake del realismo poético de Boudu salvado de las aguas (Boudu sauvé des eaux, Jean Renoir, 1932); en Invasores de Marte (Invaders from Mars, Tobe Hooper, 1986) se actualiza el original dirigido por William Cameron Menzies en 1953; La pequeña tienda de los horrores (Little Shop of Horrors, Frank Oz, 1986) es el remake de La tienda de los horrores (The Little Shop, Roger Corman, 1960); Aliens, el regreso (Aliens, James Cameron, 1986) no consigue hacer ni sombra al original de Ridley Scott; Los medios de comunicación y la política son los protagonistas de Power (Sidney Lumet, 1986), americanización de la británica The Ploughman’s Lunch (Richard Eyre, 1983); Martin Scorsese, por su parte, se atrevió con la continuación de El buscavidas (The Hustler, Robert Rossen, 1961) cuyo leitmotiv era: «Lo importante no es el billar, ni el sexo, ni el amor; Lo importante es el dinero»; Añadiendo, por si fuera poco, un título que lo dice todo: El color del dinero (The Color of Money, 1986).

La enésima versión del clásico de Edmond Rostand, Cyrano de Bergerac, Roxanne (Fred Schepisi, 1987), esta vez con Steve Martin en el papel del poeta narigudo; El zoo de cristal (The Glass Menagerie, Paul Newman, 1987) repite la novela de Tennessee Williams que dirigió Irving Rapper en 1950; Angie Dickinson repite protagonista en Big Bad Mama II (Jim Wynorski, 1987) originada por Big Bad Mama (Steve Carver, 1974); El chip prodigioso (Innerspace, Joe Dante, 1987) versión de Un viaje alucinante (Fantastic Voyage, Richard Fleischer, 1966), y las rocambolescas peripecias de la estudiante con coletas de día y prostituta nocturna de Angel y Angel II (Vincent O’Neill, 1984, 1985) y otra versión final de Tom DeSimone de 1987; Happy New Year (John G. Avildsen, 1987) viene precedida de Unas dama y un bribón (Le bonne année, Claude Lelouch, 1973); Tira a mamá del tren (Throw Momma From the Train, Danny DeVito, 1987) está inspirada en la novela Extraños en un tren de Patricia Highsmith, que se popularizó por la versión de Hitchcock.

Cortocircuito (Short Circuit, John Badham, 1986) y la segunda parte de Kenneth Johnson en 1988; El club de los chalados (Caddyshack, Harold Ramis, 1980) tiene una segunda versión en 1988 y Las aventuras del barón Munchausen (The Adventures of Baron Munchausen, Terry Gilliam, 1988) es un desastroso remake de 45m$, basado en el libro de Gottfried August Bürger; El viejo cuento de Navidad de Dickens contó con Los fantasmas atacan al jefe (Scrooged, Richard Donner, 1988) y otra versión Disney protagonizada por Mickey Mouse. Chuky ataca de nuevo en Muñeco diabólico (Child’s Play, Tom Holland, 1988); Roger Vadim cambió al mito sexual de la Bardot de Y Dios creó a la mujer (Et Dieu créa la femme, 1956) con Rebecca De Mornay en Y la creó para el escándalo (And God Created Woman, 1988); La masa devoradora (The Blob, Irvin S. Yeaworth Jr, 1958) de Steve McQueen repite en El terror no tiene forma (The Blob, Russell Chuck, 1988); los actores Michael Caine y Steve Martin apuestan 50.000$ para ver quién se acuesta con la chica de Un par de seductores (Dirty Rotten Scoundrels, Frank Oz, 1988), versionando Dos Seductores (Bedtime Story, Ralph Levy, 1964), sin acercarse, ni de lejos, a unos inmejorables Marlon Brando y David Niven; Interferencias (Switching Channels, Ted Kotcheff, 1988), enésimo versión del clásico periodístico protagonizado en esta ocasión por Kathleen Turner. Esta última cinta juega con la paradoja de contemplar a Christopher «Superman» Reeve con miedo a las alturas.

Un toque de infidelidad (Cousins, Joel Schumacher, 1989) proviene de la cinta francesa Cousin, cousine (Jean Charles Tacchella, 1975) con la vieja obsesión morbosa del cambio de pareja; Incluso el rey Midas de Hollywood se dio un buen batacazo con Always (Steven Spielberg, 1989), remake de Dos en el cielo (A guy named Joe, Victor Fleming, 1943); Los dos Jakes (The Two Jakes, 1989) es la continuación de Chinatown (Roman Polanski, 1974) dirigida por el mismo Nicholson; El realizador francés Francis Veber rehace para Touchstone Pictures Tres fugitivos (Three Fugitives, 1989) repitiendo su propia obra Les Fugitifs de 1986; Richard Lester parece no cansarse del tema y decide dirigir a los decrépitos espadachines en El regreso de los mosqueteros (The Return of the Musketeers, 1989), retomando sus peripecias de Los tres mosqueteros: los diamantes de la reina (The Three Musketeers, 1973) y Los cuatro mosqueteros (1974); Nunca fuimos ángeles (We’re No Angels, Neil Jordan, 1989) rehace No somos ángeles (We’re No Angels, Michael Curtiz, 1954) y El padrastro 2 (Jeff Burr, The stepfather, 1989) calca el modelo de El padrino (The Stepfather, Joseph Ruben, 1987).

Contamos además con la versión USA de El señor de las moscas (Lord of the Flies, Harry Hook, 1990) basada en la novela de William Golding; En esta auténtica guerra del reciclaje Peter Bogdanovich intenta repetir en Texasville (1990) el éxito de La última película (The Last Picture Show, 1971) con resultados bastante flojos; un Michael Cimino en horas bajas repitió el argumento de Horas desesperadas (The Desperate Hours, William Wyler, 1955) en sus 37 horas desesperadas (Desperate Hours, 1990); Y para finalizar la década el cineasta Sydney Pollack crea Habana (1990), una versión sin fuerza de la mítica Casablanca (Michael Curtiz, 1942), en plena revolución cubana.

Fantasía y terror

Los 80 fueron el gran momento para el ‘slasher’, subgénero del cine de terror cuya dinámica se puede resumir brevemente diciendo que está basado en un psicópata asesino, generalmente de adolescentes, (Jason, Michael Myers, Freddy Krueger…) que repite sus tropelías en interminables series hasta acabar quemando al personaje.

Dentro de este maltratado subgénero del cine fantástico y de terror Viaje alucinante al fondo de la mente (Altered States, Ken Russell, 1980) y Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, John Landis, 1981) tienen el raro privilegio de ser las producciones que dieron el pistoletazo de salida al imparable desarrollo de los efectos especiales. Nada que ver con nuestros días, en los que la infografía y el CGI se han convertido en industrias paralelas que mueven cantidades ingentes de pasta.

La pandemia del SIDA dio lugar a una gran obsesión por la sangre, proliferaron las películas de vampiros. Bendición mortal (Deadly Blessing, Wes Craven, 1981); La insatisfacción y decadente anomía en el lujoso Manhattan de El ansia (The Hunger, Tony Scott, 1983); Miedo azul (Silver Bullet, Daniel Attias, 1985); Noche de miedo (Fright Night, Tom Holland, 1985); Vamp (Richard Wenk, 1986); Incluso se apuntó al carro una nueva raza de vampiros espaciales en Lifeforce, fuerza vital (Tobe Hooper, 1985). Amiga mortal (Deadly Friend, Wes Craven, 1986); El príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness, John Carpenter, 1987); Fuera del ambiente gótico: El western vampírico, Los viajeros de la noche (Near Dark, Kathryn Bigelow, 1987); Jóvenes ocultos (The Lost Boys, Joel Schumacher, 1987) y Besos de vampiro (Vampire’s Kiss, Robert Bierman, 1989).

El mito del moderno Prometeo se adapta en Gothic (Ken Russell, 1986); Haunted Summer (Ivan Passer, 1986); Haunted Summer (Ivan Passer, 1988); La Resurrección de Frankenstein (Frankenstein Unbound, Roger Corman, 1990) e incluso la producción española Remando al viento (Gonzalo Suárez, 1988), con un reparto internacional; también la comedia Fabricando al hombre perfecto (Making Mr. Right, Susan Seidelman, 1987) manufactura un robot Pygmalion, que resulta ser John Malkovich; los nuevos tiempos nos traen revisiones posmodernas del viejo Dr. Frankenstein como Robocop (Robocop, Paul Verhoeven, 1987), que es de destacar por su presentación de la amenaza de las grandes corporaciones y emporios tecnológicos. Cyborg (Albert Pyun, 1989); Eduardo manostijeras (Edward Scissorhands, Tim Burton, 1990) y La resurrección de Frankenstein (Frankenstein unbound, Roger Corman, 1990).

Capítulo aparte merece David Cronenberg, autor que comienza la década con el exitoso Scanners (Scanners, 1980) objeto de varias secuelas en los 90, para continuar con La zona muerta (The Dead Zone, 1983) y Videodrome en 1983, considerada por Warhol como la «Naranja mecánica» de los 80 y la «Usheriana» La mosca (The Fly, 1986), cuya degenerativa metamorfosis es reflejo de la degradación social y los peligros del progreso tecnológico. El golpe final lo dio con Inseparables (Dead Ringers, 1988), una de las más sofisticadas interpretaciones de su particular visión del género.

Por otro lado, se refleja cierta tendencia hacia la proyección de sentimientos antirracistas por medio de metáforas extraterrestres. Enemigo mío (Enemy Mine, Wolfgang Petersen, 1985) y Alien nation (Graham Baker, 1988) son dos casos de este modelo, muy diferente del clásico Depredador (Predator, John McTiernan, 1987).

Se puede incluir también en este género: El hermano de otro planeta (Brother From Another Planet, John Sayles, 1984), que hace una ingeniosa parodia de E.T.. Pero en esta ocasión, el extraterrestre en cuestión tiene la apariencia de hombre negro que aterriza en Harlem dando lugar a situaciones mucho más sarcásticas que el original de Spielberg.

Fuera de las fronteras yanquis, y aunque la felación de El diablo en el cuerpo (Diavolo in corpo, Marco Bellocchio, 1986) hizo correr ríos de tinta, fue el cine de terror transalpino el más fructífero con cintas como: Inferno (Dario Argento, 1980); Aquella casa al lado del cementerio (Quella villa accanto al cimitero, Lucio Fulci, 1981); Tenebre (Dario Argento, 1982); Demons (Dèmoni, Lamberto Bava, 1985); Phenomena (Dario Argento, 1985) y Le foto di Gioia (Lamberto Bava, 1987).

Resulta curioso recordar como en Masters del universo (Masters of the Universe, Gary Goddard, 1987) las consabidas luchas entre He-man y Skeletor en Grayskull para hacerse con la llave-Macguffin cósmica, dan lugar a una serie de animación, un videojuego e incluso sus propios juguetes. No podían faltar unas buenas raciones de zombis frescos del gran impulsor del género servidas en El día de los muertos (Day of the Dead, George A. Romero, 1985) y sus seguidores en El regreso de los muertos vivientes (Return of the living dead, Dan O’Bannon, 1985); El regreso de los muertos vivientes 2 (Return of the Living Dead Part II, Ken Wiederhorn, 1988) y La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, Tom Savini, 1990). Contamos también con Creepshow (George A. Romero, 1982) y Creepshow 2 (Michael Gornick, 1987).

El incombustible John Carpenter resulta de lo más agudo en Están vivos (They Live, 1988), donde el protagonista descubre que los ricos son en realidad extraterrestres que viven a tutiplén gracias al sometimiento de las masas por medio del consumismo, la publicidad subliminal y la señal de televisión, ¿alguien da más?

Es el momento de las productoras como Troma Films para elevar a la categoría de película de culto una chapuza como El vengador tóxico (The Toxic Avenger, Michael Herz, Samuel Weil, 1985), el cual, armado con su fregona, continuó con sus inevitables secuelas en The Toxic Avenger, Part II (1989) y The Toxic Avenger Part III: The Last Temptation of Toxie (1989). Sólo para fanáticos del más rancio gore. Tiempo también para Re-Animator (Stuart Gordon, 1985), con novia en la cinta de 1990 y hasta un Resonator (Stuart Gordon, 1986).

A pesar de la general falta de ingenio, el cine de fantástico a menudo resulta en taquilla, sirvan como ejemplo: El final de la cuenta atrás (The Final Countdown, Don Taylor, 1980); Playa sangrienta (Blood Beach, Jeffrey Bloom, 1981); Pirañas: El Regreso (Piranha Part Two, James Cameron, 1981); San Valentín sangriento (My Bloody Valentine, George Mihalka, 1981); El Ente (The Entity, Sidney J. Furie, 1982); La cosa del pantano (Swamp Thing, Wes Craven, 1982); Christine (John Carpenter, 1983); En los límites de la realidad (Twilight Zone: the Movie, Joe Dante, John Landis, George Miller, Steven Spielberg, 1983).

En el lado fantástico del género, Touchstone, la filial para adultos de Disney batió récords de taquilla con su primera producción: 1, 2, 3… Splash (Ron Howard, 1984); Starfighter; La aventura comienza (The Last Starfighter, Nick Castle, 1984) aprovecha la primera gran fiebre por los videojuegos; se da un justificado batacazo el pastiche sin pies ni cabeza de Dune (David Lynch, 1984); en Starman (John Carpenter, 1984) Jeff Bridges estuvo a punto de llevarse el Oscar pero no interpretó la exitosa serie en TV.

Tuvo un gran tirón, a pesar de su mediocridad: Los chicos del maíz (Children of the Corn, Fritz Kiersch, 1984) quizá por su terror adolescente sin pretensiones que se prolongó en el tiempoa a través de copias infumables; Ojos de fuego (Firestarter, Mark L. Lester, 1984); Legend (Ridley Scott, 1985); El guerrero rojo (Red Sonja, Richard Fleischer, 1985) surge tras la abultada sombra de Conan y su secuela Conan, el destructor (Conan the Destroyer, Richard Fleischer, 1984) que despilfarró sin contemplaciones 20m$; Sólo se puede salvar del lote Lady Halcón (Ladyhawke, Richard Donner, 1985).

También contamos con la saga cuatro episodios de Critters; F/X, efectos mortales (F/X, Robert Mandel, 1986); Nuestros maravillosos aliados (Batteries not Included, Matthew Robbins, 1987); Los creyentes (The Believers, John Schlesinger, 1987); Mi novia es una extraterrestre (My Stepmother is an Alien, Richard Benjamin, 1988); Beetlejuice (Tim Burton, 1988); Las aventuras fantásticas de Willow (Ron Howard, 1988); Temblores (Tremors, Ron Underwood, 1989); Shocker (Wes Craven, 1989); la supertaquillera Batman (Tim Burton, 1989) hizo furor.

Era impensable, unos pocos años antes, que en 1989, el actor Jack Nicholson llegará a embolsarse casi $60m por su papel en Batman, dirigida por Tim Burton, que no falla ni una desde el exitazo de La gran aventura de Pee-Wee (Pee-Wee’s Big Adventure, 1985).

A pesar de los intentos de Heavy Metal (Gerald Potterton, 1981) y Tygra, hielo y fuego (Fire and Ice, Ralph Bakshi, 1983), el largometraje animado no termina de arrancar hasta que Disney Pictures prepara una perfecta superproducción de 70m$ integrando imágenes reales y animaciones en Quién Engañó a Roger Rabbit (Who framed Roger Rabbit, Robert Zemeckis, 1988).

El thriller

Entre 1980 y 1990 se realizó mucho cine negro, casi siempre centrado en el subgénero norteamericano por excelencia: el del gángster, como Atlantic City (Louis Malle, 1980). Además de la reproducción en tono de comedia del mejor «Film Noir» de Cliente muerto no paga (Dead Men Don’t Wear Plaid, Carl Reiner, 1982), destacan: Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, Sergio Leone, 1984); Cotton Club (Francis Ford Coppola, 1984); Otra Ciudad, Otra Ley (Tough Guys, Jeff Kanew, 1986); Vivir y morir en Los Angeles (To Live and Die in L.A., William Friedkin, 1985) con Dafoe manufacturando dólares como loco. Cara de Gángster (The Verne Miller story, Ron Hewitt, 1987); Los intocables de Elliot Ness (The Untouchables, Brian de Palma, 1987) con guión de David Mamet; El honor de los Prizzi (Prizzi’s honor, John Huston,1985) en su interpretación de la avaricia en versión familiar; o Casa de juegos (House of Games, David Mamet, 1987) sobre timadores; Laberinto en la ciudad de los Ángeles (Man Against the Mob, Steven Hilliard Stern, 1988); Nitti, el ejecutor (Nitti, the enforcer, Michael Switzer, 1988); Negocios de familia (Family Business, Sidney Lumet, 1988); Capone tras las rejas (Capone Behind Bars, Michael Pressman, 1989).

Y para finalizar, tres de las obras maestras del género: La codiciosamente incestuosa: Los timadores (The Grifters, Stephen Frears, 1990); Muerte entre las flores (Miller’s Crossing, Joel Coen, 1990). Con su visión cínica y corrupta de los años de la depresión y Uno de los nuestros (Goodfellas, Martin Scorsese, 1990) . Cuyo protagonista, en persecución del status confiesa en la primera escena: «desde que tuve uso de razón, siempre quise ser un gángster».

Tratar de escapar de la mafia es la premisa argumental recurrente de Gloria (John Cassavetes, 1980), en La muerte golpea dos veces (Kill me Again, John Dahl, 1989); Casada con todos (Married to the Mob, Jonathan Demme, 1988); Con el contable Huida a medianoche (Midnight Run, Martin Brest, 1988) y el remake de Testigo accidental (The Narrow Margin, Richard Fleischer, 1952) de Peter Hyams en 1990 y protagonizado por un siempre brillante Gene Hackman.

Como ejemplo muy representativo, destaca dentro del género, la trama de La sombra del testigo (Someone to watch over me, Ridley Scott, 1987). Sus estereotipos son plenamente reconocibles: el poli bruto que se enamora de la pija sofisticada del barrio este. Un modelo de guión con numerosos puntos en común con cintas posteriores: » El guardaespaldas » o con el asesino de ‘ El guardaespaldas’ o con el asesino de ‘El Fugitivo’.

El thriller, a pesar de su pobre calidad general, cuenta con muchos adeptos, ávidos de historias de suspense como: El ojo de la aguja (Eye of the Needle, Richard Marquand, 1981); El príncipe de la ciudad (Prince of the City, Sidney Lumet, 1981); Corrupción policial en: La frontera (The Border, Tony Richardson, 1982); Bajo sospecha (Still of the Night, Robert Benton, 1982) Meryl Streep, Roy Scheider; Exposed (James Toback, 1983) con Nastassja Kinski y Rudolf Nureyev; debut legendario de los hermanos Coen en Sangre fácil (Blood Simple, Joel Coen, 1983); Embajador en Oriente Medio. (The Ambassador, J. Lee Thompson 1984). Última película de Rock Hudson; A cara descubierta. (The Naked Face, Bryan Forbes 1984) con Roger Moore; En la cuerda floja (Tightrope, Richard Tuggle, 1984); Las inevitables Tramas de espías del KGB Te pillé, ¡Gotcha! (Jeff Kanew, 1985); En Al filo de la sospecha (Jagged Edge, Richard Marquand, 1985) Glenn Close es la abogada de Jeff Bridges; Ciudad del crimen (Fear City, Abel Ferrara, 1985) con Tom Berenger; Inquietudes (Trouble in Mind, Alan Rudolph, 1985) un «thriller noir atmosférico»; Ocho millones de maneras de morir (8 Million Ways to Die, Hal Ashby, 1986); Jeff Bridges y Andy García.

Hunter (Manhunter, Michael Mann, 1986) es el primer avance de las correrías de «Aníbal el caníbal» reproducida en El dragón rojo (Red Dragon, Brett Ratner, 2002); Cincuenta y dos, vive o muere. (52 Pick-Up, John Frankenheimer 1986). Atrapados sin salida (No Mercy, Richard Pearce, 1986). Nadine (Robert Benton, 1987) Richard Gere, Kim Basinger; A la mañana siguiente (The Morning after, Sidney Lumet, 1986); Best Seller (John Flynn, 1987) de James Woods; premiado en varios festivales: The Hidden (Jack Sholder, 1987); El caso de la viuda negra (Black Widow, Bob Rafelson, 1987) con Debra Winger y Theresa Russell; Procedimiento ilegal (Stakeout, John Badham, 1987) y Maniac cop (William Lustig, 1988) seguido por dos secuelas en los 90.

A finales de la década, encontramos Hablando con la muerte (Talk Radio, Oliver Stone, 1988) suspense radiofónico; Dispara a matar (Shoot to Kill, Roger Spottiswoode 1988); La muerte golpea dos veces (Kill me again, John Dahl, 1989) con Val Kilmer; Con su propia ley (Next of Kin, John Irvin, 1989); Presunto inocente (Presumed Innocent, Alan J. Pakula, 1990); Acero azul (Blue Steel, Kathryn Bigelow, 1990); y para finalizar, la súper millonaria Dick Tracy (Warren Beatty, 1990).

Acción y aventura

Vietnam sigue siendo un tema recurrente en la producción cinematográfica. La sociedad norteamericana sigue lamiéndose las heridas e intenta exorcizar el fantasma de la guerra.

Más allá del valor (Uncommon valor, Ted Kotcheff, 1983); Birdy (Alan Parker, 1984); Medalla al Valor (Purple Hearts, Sidney J. Furie, 1984); Desechos (Streamers, Robert Altman, 1984); Cease Fire (David Nutter, 1985); Platoon, (Oliver Stone, 1986); Más allá de las líneas enemigas (Beyond the enemy lines, 1986); Héroes sin gloria (Ordinary Heroes, Peter H. Cooper, 1986); La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1987); La colina de la hamburguesa (Hamburger Hill, John Irvin, 1987); Good morning, Vietnam (Barry Levinson, 1987); Jardines de piedra (Gardens of Stone, Francis Ford Coppola, 1987); Saigón (Christopher Crowe, 1987); Vietnam, vuelta al infierno (Nam, tour of duty, Bill L. Norton, 1987); Bat 21 (Peter Markle, 1988); Corazones de Hierro (Casualties of War, Brian de Palma, 1989); Nacido el 4 de Julio (Born on the Fourth of July Oliver Stone, 1989) encontró la oposición de los medios conservadores que tacharon su cinta de anti-americana; Snake eater (George Erschbamer, 1989); Triángulo de acero (The Iron Triangle, Eric Weston, 1989); Jacknife (David Jones, 1989) de veteranos de guerra con Robert De Niro y Ed Harris; Recuerdos de guerra (In Country, Norman Jewison, 1989) y La escalera de Jacob (Jacob’s Ladder, Adrian Lyne, 1990).

En otras producciones, aún sin tratar la cuestión directamente, la huella vietnamita se manifiesta de forma más o menos explícita: La Compañía Bravo (Southern Comfort, Walter Hill, 1981) y la revanchista Manhattan Sur (Year of the Dragon, Michael Cimino, 1985).

Hay material para todos los gustos, incluso Stallone protagonizó Acorralado (First blood, Ted Kotcheff, 1982), aceptable en su presentación de traumas de posguerra, para acabar degenerando en el mítico superhéroe de 35m$ Rambo o el arquetipo de policía con un palillo en la boca en un vídeo clip de más de hora y media titulado Cobra (George P. Cosmatos, 1986); Yo, el halcón. (Over the Top, Menahem Golan, 1987) haciendo peleas de pulsos a discreción o broker pijo de NY en Tango y Cash (Andrei Konchalovsky, 1989).

El norteamericano, es un cine que a menudo peca de mirar demasiado a su pobre ombligo, sin embargo, no sería justo remitirse únicamente al lado oscuro, también se realizaron, para contrarrestar la ideología general, producciones con un talante más abierto, entre las que podemos contar con: The Amateur (Charles Jarrott, 1981); Desaparecido (Missing, Costa-Gavras 1982) con una CIA cómplice en el golpe militar chileno; la australiana producida por MGM/UA: El año que vivimos peligrosamente (The Year of Living Dangerously, Peter Weir, 1983); Bajo el fuego (Under Fire, Roger Spottiswoode, 1983); Clave: Omega (The Osterman Weekend, Sam Peckinpah, 1983) con la manipulación de la CIA en TV; Gorky Park (Michael Apted, 1983); El juego del halcón (The Falcon and the showman, John Schlesinger, 1984); Target: Agente doble en Berlín (Arthur Penn, 1985); Salvador (Oliver Stone, 1986); Más fuerte que el odio (The Presidio, Peter Hyams, 1988) expone la corrupción del ejército y la CIA.

Es innegable que algunas de estas producciones son francamente críticas con la política internacional estadounidense y con los trapicheos de los servicios de inteligencia. De todas formas, ninguna tiene la mordiente y fuerza cinematográfica de la europea: Los gritos del silencio (The Killing Fields, Roland Joffé, 1984). Si bien quizás deja entrever como moraleja » Con los americanos estaríamos mejor «.

Algo similar sucede con la mirada al exterior de la visión del colonialismo nostálgico y romántico de Memorias de África (Out of Africa, Sydney Pollack, 1985), comparado con la perspectiva más amplia del viejo continente que manifiestan: Gandhi (Richard Attenborough, 1982); Pasaje a la India (A Passage to India, David Lean, 1984) o La misión (The Mission, Roland Joffé, 1986).

No hay que olvidar, que el hedonismo y el culto al cuerpo empezaban a cuajar con la proliferación de los gimnasios y el físico-culturismo. Los medios de comunicación en general, y el cine con la publicidad en particular, hacen que el culto al cuerpo pase de ser una subcultura incomprendida a un negocio multimillonario, cuyo mito erótico femenino puede identificarse en la recauchutada musa de ojos azules y rubios cabellos, la californiana » mujer 10 «, Bo Derek.

Al margen de Sólo para adultos (A Change of Seasons, Richard Lang, 1980), la reina de las dietas macrobióticas fue dirigida por su marido John Derek en Tarzan, el hombre mono (Tarzan, the Ape Man, 1981 ), Bolero en 1981 y Los fantasmas no pueden… hacerlo (Ghosts Can’t Do It, 1989). Por otro lado, la actriz Jane Fonda vendió en 1982, sólo en EEUU, la friolera de 700.000 ejemplares de su libro de fitness. Estas incipientes iniciativas desembocan en productos más recientes como la siliconada serie televisiva «Los vigilantes de playa».

También proveniente de esta corriente hedonista californiana, el actual gobernador del estado, el ínclito Arnold Schwarzenegger, protagonista del primer documental «Pumping Iron», se convierte en el mejor revulsivo para las taquillas, equivalente a éxito seguro durante más de dos décadas. Aunque no desatendió cierta faceta cómica en Los gemelos golpean dos veces (Twins, Ivan Reitman, 1988) y Poli de guardería (Kindergarten Cop, Ivan Reitman, 1990). Fue el primero en embolsarse 15m$ por peli y según la enciclopedia Baseline en sólo diez años mató 275 personas y recaudó $1.000m. Únicamente por Desafío total (Total Recall, Paul Verhoeven, 1990) casi alcanza los $30m entre salario y participación en taquilla.

Pasando a otros temas, relacionados con el problema de bandas y delincuencia juvenil sobresalen: Rebeldes (Outsiders, Francis Ford Coppola, 1983) y la existencialista La ley de la calle (Rumble Fish, Francis Ford Coppola, 1983), definida por su autor como «Camus for kids». También hay que mencionar Colors: colores de guerra (Colors, Dennis Hopper, 1988), inspirada en hechos reales.

No muchos recordarán que Clint Eastwood y su orangután repartían estopa a todo trapo en La gran pelea (Buddy van Horn, Any Which Way You Can, 1980), que encima es una pobre continuación de otra película suya: Duro de pelar (Every Which Way But Loose, James Fargo, 1978). Durante los años setenta el actor californiano profundizó en la figura del policía protofascista Harry el sucio. Ya entrados los 80 continuó con Impacto súbito (Sudden Impact, Clint Eastwood, 1983) y La lista negra (The Dead Pool, Buddy Van Horn, 1988); haciendo sus pinitos en la dirección de la anticomunista Firefox, el arma definitiva en 1982 y también la beligerante El sargento de hierro (Heartbreak Ridge, 1986), en la cual, el realizador no cesa de dar vergüenza ajena en su papel de marine, repartiendo a diestro y siniestro, tan duro que «mea napalm» hasta la ejemplificadora prueba final en la patriótica invasión de la isla de Granada, a mayor gloria del imperialismo yanqui.

Este patrioterismo malsano fue moneda común, explotado también en la paranoica Amanecer rojo (Red Dawn, John Milius, 1984). Donde en una hipotética III Guerra Mundial, la invasión ruso-cubana recluía a los supervivientes norteamericanos en campos de reeducación comunistas.

Además de Eastwood, otros actores como Schwarzenegger, Christopher Lambert en Los inmortales (Highlander, Russell Mulcahy, 1986); Bruce Willis en La jungla de cristal (Die Hard para los anglo-sajones); Gibson en su particular Arma letal; Charles Bronson con Yo soy la Justicia (Death Wish ) y Chuck Norris con su episódicas Delta Force y Desaparecido en combate, o sagas del tipo El guerrero americano (American Ninja) abrieron el camino a los Van Damme, Seagal, Lundgren y demás forzudos ultra conservadores de tiempos posteriores. La lucha contra el eje del mal, según las consignas de Reagan, no debe cesar.

Como ya hemos observado, el género también lleva asociado un entretenimiento fácil de producciones de simple evasión y entretenimiento que casi siempre arrastran las inevitables secuelas. Se trabaja a destajo en los super taquillazos de Indiana Jones (con un coste de 22m$) o en su precuela; Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984) que recauda la nada despreciable cifra de 109m$.

La mina de oro de «Indy» se cava a fondo, léase: Tras el corazón verde (Romancing the Stone, Robert Zemeckis, 1884) cuyo esquema argumental recuerda además, sospechosamente a La Reina de África (The African Queen, John Huston, 1951); La joya del Nilo (The Jewel of the Nile, Lewis Teague, 1985). Influenciado poderosamente la nueva entrega de Las minas del rey Salomón (King Solomon’s Mines, J. Lee Thompson, 1985) y Allan Quatermain y la ciudad perdida del oro (Allan Quatermain and the Lost City of Gold, Gary Nelson, 1987) en las que Sharon Stone es la pareja del explorador interpretado por Richard Chamberlain.

No pueden faltar los grandes éxitos deportivos con baloncesto o fútbol americano del estilo: Hoosiers: más que ídolos (David Anspaugh, 1986) y Los buenos tiempos (The Best of Times, Roger Spottiswoode, 1986). Con abundancia de baseball, deporte nacional sin reservas: El mejor (The Natural, Barry Levinson, 1984); Los búfalos de Durham (Bull Durham, Ron Shelton, 1988), Campo de sueños (Field of Dreams, Alden Robinson, 1989); Una mujer en la liga (Major League, David S. Ward, 1989). Destaca la corrupción y sobornos de Ocho hombres (Eight Men Out, John Sayles, 1988).

El sexista James Bond, antes de convertirse en un funcionario políticamente correcto que es en la actualidad, apoyado por sus ingenios tecnológicos, seguía haciendo de las suyas. Sean Connery, a pesar de haber dicho repetidas veces «nunca jamás», no pudo resistirse al «pastizal» que le ingresaron en cuenta por protagonizar Nunca digas nunca jamás (Never Say Never Again, Irvin Kershner, 1983. El actor escocés vuelve a salvar el mundo en el remake de Operación trueno (Thunderball, Terence Young, 1965). Dejando posteriormente a sus sucesores Roger Moore y Timothy Dalton, despacharse a gusto en las tribulaciones del agente de su majestad. Ambos tuvieron ocasión de derrotar al KGB en Panorama para matar (A View to a Kill, John Glen, 1985) y 007: Alta tensión (The Living Daylights, John Glen, 1987).

El mismo Connery fue el elegido años después para protagonizar las películas que señalan el final de la guerra fría tal y como se entendía hasta aquel momento: La casa Rusia (The Russia House, Fred Schepisi, 1990) al estilo Le Carré y La caza del Octubre rojo (The Hunt for Red October, John McTiernan, 1990).

Encontramos dentro del género: Exterminator (James Glickenhaus, 1980) y su segunda parte, también de Mark Buntzman en 1984. Y hazañas bélicas de viejo cuño como Uno rojo, división de choque (The Big Red One, Samuel Fuller, 1980).

Distrito apache: El Bronx (Fort Apache, the Bronx, Daniel Petrie, 1981); Evasión o victoria (Victory, John Huston, 1981) y El trueno azul (Blue Thunder, John Badham, 1982) sobre un nuevo helicóptero de asalto.

Cintas patrioteras como Elegidos para la gloria (The Right Stuff, Philip Kaufman, 1983), basado en la novela de Wolfe y demás productos de consumo como Aventuras en el Sáhara (Sahara, Andrew V. McLaglen, 1983) con Brooke Shields.

Calles de fuego (Streets of Fire, Walter Hill, 1984) puede definirse como un western urbano con motos en vez de caballos.

Obtuvieron buenas recaudaciones las aventuras juveniles de Los Goonies (Richard Donner, 1985); Exploradores (Explorers, Joe Dante, 1985); El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, Barry Levinson, 1985); El clan del oso cavernario (The Clan of the Cave Bear, Michael Chapman, 1985) y Golpe en la pequeña China (Big trouble in the little China, John Carpenter, 1986). Top gun: Ídolos del aire (Tony Scott, 1986), con la estética del videoclip de la MTV y con apoyo del pentágono, sirvió para lanzar al estrellato a un jovencísimo Tom Cruise, que en momentos parece más un anuncio de reclutamiento que un film «made in Hollywood». Esta cinta y las sucesivas entregas de Águila de acero (Iron eagle) dan buena idea de la representación que se pretende proyectar de la política exterior norteamericana.

El reportero de la calle 42 (Street Smart, Jerry Schatzberg, 1987); El imperio del sol (Empire of the Sun, Steven Spielberg, 1987) y Adiós al rey (Farewell to the King, John Milius, 1988); Conexión Tequila (Tequila Sunrise, Robert Towne, 1988).

Bloodfist (Terence H. Winkless, 1989) no sonará de nada a la mayoría, sin embargo, es la película de culto de los amantes del kickboxing, seguida de incontables secuelas; De profesión: duro (Road House, Rowdy Herrington, 1989) de Patrick Swayze.

Para terminar: Días de trueno (Days of Thunder, Tony Scott, 1990) con el automovilístico romance de Tom Cruise con su futura esposa Nicole Kidman y Las tortugas Ninja (Teenage Mutant Ninja Turtles, Steve Barron, 1989), fenómeno comercial del momento con una repercusión mediática apabullante.

El musical

Thriller, dirigido por John Landis en 1983 y protagonizado por Michael Jackson, no sólo revoluciona el mundo del vídeo-clip, sino también la cultura audiovisual. El disco vendió más de 45 millones de copias en todo el mundo. Consiguió 8 Grammys y 150 discos de oro y platino. Representa un hito mediático sin precedentes, la industria discográfica nunca volvió a ser la misma.

El éxito desbordante de los adolescentes de Fama (Fame, Alan Parker, 1980) derivó, como en otras ocasiones, en una larga serie de TV e imitaciones por doquier.

El género musical se estrena con Quiero ser libre (Coal Miner’s Daughter, Michael Apted, 1980) Loretta Lynn, una joven madre de origen humilde – Sissy Spacek se llevó el Oscar- llega a lo más alto de la música country. Algunas semejanzas con Dulces sueños (Sweet Dreams, Karel Reisz, 1985), donde Jessica Lange interpreta la biografía de la cantante de country Patsy Cline.

La pastelosa de Xanadu (Robert Greenwald, 1980) no consiguió el fulgurante éxito de sus predecesoras con la fórmula Olivia Newton-John Travolta. Más de lo mismo en Grease 2 (Patrice Birch, 1982).

En el musical Dinero caído del cielo (Pennies From Heaven, Herbert Ross, 1981) el adúltero se enfrenta a la horca.

Gracias y favores (Tender Mercies, Bruce Beresford, 1982) muestra otra carrera arruinada por el alcohol.

El documental Let’s Spend the Night Together (Hal Ashby, 1983) confirma lo que, más o menos, sabíamos todos acerca del pacto de los Rolling Stones con el maligno; Footloose (Herbert Ross, 1983); Staying Alive (Sylvester Stallone, 1983) intenta revivir de nuevo pasadas glorias; dos entregas de Eddie and the Cruisers (Eddie and the Cruisers, Martin Davidson, 1983).

Hay que destacar la banda sonora de Prince en Purple Rain (Albert Magnoli, 1984); La Bamba (Luis Valdez, 1986) sonó a todo trapo; This is Spinal Tap (Rob Reiner, 1984) es un hilarante falso documental sobre una banda de rock, cuyo modelo ha sido imitado en más ocasiones de las que se pueden contar y Stop Making Sense (Jonathan Demme, 1984) cuenta con los míticos Talking Heads en un documental que recaudó sus $5,5m y ya ha creado escuela.

Contamos con el musical de la guerra fría: Noches de sol (White Nights, Taylor Hackford, 1985).

La empalagosa Dirty dancing (Emile Ardolino, 1987) consiguió introducir su melodía hasta en la sopa.

Moonwalker (Jim Blashfield, Colin Chilvers, 1988) es una pretenciosa fantasía que cuenta con Michael Jackson; Un Clint Eastwood redimido se empeña a tope en Bird (1988), donde muestra la cara más genial, y a la vez, sórdida del mundo del jazz.

Gran bola de fuego (Great Balls of Fire!, Jim McBride, 1989), rutinario biopic sobre Jerry Lee Lewis.

Comedia

No se puede pasar por alto el éxito de las comedias gamberras. Cine de fácil digestión, servido con palomitas y «fast food». Destacan dentro del subgénero: El pelotón chiflado (Stripes, Ivan Reitman, 1981); El último americano virgen. (The Last American Virgin. Boaz Davidson, 1982); Despedida de soltero (Bachelor Party, Neal Israel, 1983); Aquel excitante curso (Fast Times at Ridgemont High, Amy Heckerling, 1982); La revancha de los novatos (Revenge of the Nerds, Jeff Kanew, 1984) y su secuela de 1987.

Al margen de esta tendencia burda, de humor grosero, encontramos al emblemático cineasta John Hughes. Sin duda, la figura más representativa de la escena cómica de la década, prototipo del ejecutivo todo terreno, no tanto por la calidad de su obra, como por ser el creador del género tal y como lo conocemos hoy en día. Nadie como él para sacarle el máximo partido a las vicisitudes cotidianas de los jóvenes en los patios del instituto o en sus aparatosos bailes de gala. Especialista en representar, en tono de comedia, las inseguridades e inquietudes del público adolescente al que va dirigida la industria. Sin olvidar, en la mayoría de sus trabajos, un patriótico tono familiar muy acorde con la época.

Hughes trabajó en los 80 como guionista en producciones como Class Reunion (Michael Miller Starring, 1982); Las locas aventuras de un señor mamá (Mr. Mom, Stan Dragoti, 1983); Las vacaciones de una chiflada familia americana, National Lampoon’s Vacation, Harold Ramis, 1983) (autor de la historia y script) y Los piratas de las islas salvajes, Nate and Hayes (1983).

Con el tiempo decidió, sin abandonar guión, dedicarse también a la realización de Dieciséis velas (Sixteen Candles, 1984), lo mismo que en su siguiente trabajo: El club de los cinco (The Breakfast Club, 1985) en la que no quiso dejar ningún cabo suelto, trabajando también como productor. Esta cinta cosechó grandes éxitos, fue denominada por la crítica «little chill», a causa de sus semejanzas con Reencuentro (The Big Chill, Lawrence Kasdan, 1983) que ya era una versión de la cinta de John Sayles, Return of the Secaucus Seven (1979), que a su vez tomó la idea de Jonás, que cumplirá los 25 en el año 2000 (Alain Tanner, 1976). Estas producciones tuvieron gran influencia en producciones posteriores como Metropolitan (Whit Stillman, 1990) o la británica Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992).

Hughes se limitó al guión en Las vacaciones de una chiflada familia americana, European Vacation, Amy Heckerling, 1985); y se ocupó también de la dirección en La mujer explosiva (Weird Science, 1985). En La chica de rosa (Pretty in Pink, 1986) y trabajó como productor ejecutivo y guionista de la historia de la joven de barrio que acaba saliendo con el chico del BMW.

Se ocupó de los tres oficios en Todo en un día (Ferris Bueller’s Day Off, 1986), los jóvenes de la generación MTV quieren un Ferrari, restaurantes de lujo, jacuzzi y pegarse la gran vida. Posteriormente sumó a las labores de productor a la de guionista en Una maravilla con clase (Some Kind of Wonderful, Howard Deutch, 1987) y además hizo el triplete en Mejor solo que mal acompañado (Planes, Trains & Automobiles, 1987) y en La loca aventura del matrimonio, She’s Having a Baby (1988).

Escribió el guión y trabajó de productor ejecutivo en Dos cuñados desenfrenados (The Great Outdoors, 1988) con Dan Aykroyd y John Candy, después volvió a dedicarse de las tres tareas en Solos con nuestro tío (Uncle Buck, 1989), también con John Candy.

A finales de la década, escribe y dirige Vacaciones de Navidad (Christmas Vacation, Jeremiah S. Chechik, 1989) y da la gran campanada como guionista y productor del inicio de la millonaria saga Solo en casa (home Alone, Chris Columbus, 1990).

En una línea completamente distinta, el cineasta John Waters se dedica con ahínco a nadar contra corriente, dinamitando los cimientos de la institución familiar con su estilo particular con su transgresor «trash cinema» en Poliéster de 1981 y Hairspray de 1987. Cuando, en general, el «mainstream» norteamericano, se obstina en la defensa de los valores tradicionales, que terminan por derrotar a los recalcitrantes solteros de Las locas aventuras de un señor mamá (Mr. Mom, Stan Dragoti, 1983) con el cambio de roles de Michael Keaton; Tres Hombres y un Bebé (Three Men and a Baby, Leonard Nimoy, 1987) remake del éxito galo Tres solteros y un biberón (3 hommes et un couffin, Coline Serreau, 1985); Mira quién habla (Look Who’s Talking, Amy Heckerling, 1989) con las inevitables secuelas. Y a las profesionales que no saben apreciar la familia en las alocadas aventuras de Baby, tú vales mucho (Baby Boom, Charles Shyer, 1987); incluso en Las brujas de Eastwick (The Witches of Eastwick, George Miller, 1987), las malvadas hechiceras Michelle Pfeiffer, Cher y Susan Sarandon encuentran la felicidad en tres bebés que despiertan sus instintos maternales; La loca aventura del matrimonio (She’s Having a Baby, John Hughes, 1988) con Kevin Bacon y Elizabeth McGovern y Dulce hogar… ¡a veces! (Parenthood, Ron Howard, 1989) y Funny Baby (Funny About Love, Leonard Nimoy, 1990) con Gene Wilder.

Se observa en la comedia una tendencia obsesiva por cambiar de cuerpo: Dos veces yo (All of Me, Carl Reiner, 1984); Big (Penny Marshall, 1988) es una interesante cinta sobre la oposición de dos mundos: el inocente y romántico terreno infantil y el regulado por el dinero, el poder y el sexo adulto, esta divertida parodia recaudó la bonita suma de 151m $. Seguido de Plantón al cielo (18 Again!, Paul Flaherty, 1988); De tal astilla… tal palo (Like Father, Like Son, Rod Daniel, 1988); Viceversa (Vice Versa, Brian Gilbert, 1988) y Una Chica de Ensueño (Dream a little dream, 1989). Con la variante con la variante «vamos a cambiar de vida» tenemos: Peggy Sue se casó (Peggy Sue Got Married, Francis Ford Coppola, 1986). Todas ellas emplean un esquema similar, copiado sin sonrojo por películas más recientes como El sueño de mi vida (13 Going On 30, Gary Winick, 2004) o la penúltima: 17 otra vez (17 Again, Burr Steers) a mayor gloria de Zac Efron.

Si Woody Allen no existiera, alguien tendría que inventarlo. El director neoyorquino por antonomasia comienza la década con un homenaje al 8 1/2 de Fellini en Recuerdos (Stardust Memories, 1980) y a Bergman en La comedia sexual de una noche de verano (1982) para continuar con su particular carrera al margen de la industria con Zelig (1983); Broadway Danny Rose (1984); La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985); Hannah y sus hermanas (Hannah and her Sisters, 1986); Días de radio (Radio Days, 1987) o Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989) entre otros títulos de su abultada filmografía, acercándose más a lo que se hace fuera de sus fronteras.

A pesar de la capacidad del cine norteamericano de fagocitar ideas y talentos allende todas las fronteras, pierde, en parte, en este periodo sus propiedades de retroalimentación con el cine que se hace en Europa y se hace más conservador, a pesar de que, en el terreno creativo, se evoluciona hacia una homogeneidad cada vez más acusada. Sin embargo, pragmáticamente, la industria incorpora realizadores de diversas nacionalidades y produce largometrajes bajo cualquier bandera, de entre las que destaca la británica, con la intención de introducirse sin problemas en el mercado comunitario.

Por otro lado, son numerosos los cineastas que imitan los modelos norteamericanos de la época, hasta el punto que producen filmes que no desmerecen el, por lo general mediocre, original modelo Hollywoodiense.

Al comienzo de la década la pareja cómica Gene Wilder-Richard Pryor no tuvo rival: Locos de remate (Stir Crazy, Sidney Poitier, 1980) o No me chilles, que no te veo (See No Evil, Hear No Evil, Arthur Hiller, 1980).

Ni siquiera las estrellas de moda del momento se libraron de las inquietudes militaristas como Goldie Hawn en La recluta Benjamin (Private Benjamin, Howard Zieff, 1980), Stewart Granger en El Tanque de Mi Papá (Tank, Marvin Chomsky, 1984) y Dudley Moore en Mejor defensa… el ataque (Best Defense, Willard Huyck, 1984) también envuelto en líos de tanques.

Travolta intenta revivir viejos éxitos en la comedia romántica Cowboy de ciudad (Urban Cowboy, James Bridges, 1980), haciendo pareja con Debra Winger; Ahora me toca a mí (It’s my Turn, Claudia Weill, 1980); El especialista (The Stunt Man, Richard Rush, 1980) de Peter O’Toole; S.O.B. (Blake Edwards, 1981). Mel Brooks continuó con sus esperpénticas sátiras en La loca historia del mundo (History of the World: Part I, 1981) y La loca historia de las galaxias (Spaceballs, 1983).

Alan Alda dirige y protagoniza el exitazo: Las cuatro estaciones (The Four Seasons, 1981). Lo que le llevó a coproducir una versión para CBS TV. Con posterioridad siguió dirigiendo comedias que, de alguna manera, se asemejan bastante a aquellas de Woody Allen. Dulce libertad (Sweet Liberty, 1985); Una nueva vida (A New Life, 1988) y Boda pasada por agua (Betsy’s Wedding, 1990).

El Cavernícola (Caveman, Carl Gottlieb, 1981) con el Beatle Ringo Starr; Profesor a mi medida (So Fine, Andrew Bergman, 1981) intenta lanzar a Ryan O’Neal; Mis locos vecinos (Neighbors, John G. Avildsen, 1981) de John Belushi y Dan Aykroyd.

Soy tu hija, ¿No te acuerdas? (I Ought to Be in Pictures, Herbert Ross, 1982) con guión de Neil Simon.

Y si nos comemos a Raoul? (Eating Raoul, Paul Bartel, 1982) recaudo sus buenos 4,7 m de $ en una atípica comedia negra, muy acorde con sus tiempos, en la que la pareja protagonista soluciona sus problemas económicos asesinando a sartenazos a sus rijosos vecinos, sublimando sus exquisitos gustos culinarios con el canibalismo.

En Turno de noche (Night Shift, Ron Howard, 1982) los jovencitos sacan un dinerillo extra de la prostitución en el depósito de cadáveres, lo mismo que en el Risky Business (Risky Business, Paul Brickman, 1983) de la casa de Tom Cruise; El rey de la comedia (The King of Comedy, Martin Scorsese, 1982) con Jerry Lewis y Robert De Niro; La casa más divertida de Texas (The Best Little Whorehouse in Texas, Colin Higgins, 1982); Bésame y esfúmate (Kiss Me Goodbye, Robert Mulligan, 1982).

Tal para cual (Two of a Kind, John Herzfeld, 1983) es un pretexto para juntar de nuevo a John Travolta y a Olivia Newton-John.

Abunda la comedia juvenil del tipo Oxford Blues (Robert Boris, 1984); Johnny peligroso (Johnny Dangerously, Amy Heckerling, 1984) con Michael Keaton; Un ruso en Nueva York (Moscow on the Hudson, Paul Mazursky, 1984) anima a los soviéticos a pedir asilo político en USA, aunque el sueño americano de Robin Williams no resultará tan bonito como cabría esperar, depara momentos de un humor bastante ácido.

Fletch: el camaleón (Fletch, Michael Ritchie, 1985) con Chevy Chase; Espías como nosotros (Spies Like Us, John Landis, 1985); Perdidos en América (Lost in America, 1985) muestra a una pareja de ricos vacíos, pierden el 145.000$ en Las Vegas y no les queda nada a qué agarrarse.

Tres amigos (Three Amigos!, John Landis, 1986); Esta casa es una ruina (The Money Pit, Richard Benjamin, 1986); Howard: un nuevo héroe (Howard the Duck, Willard Huyck, 1986) es un gran batacazo comercial de LucasFilms; Armados y peligrosos (Armed and Dangerous, Mark L. Lester, 1986) con John Candy; Tres en un diván (Beyond Therapy, Robert Altman, 1986) de Glenda Jackson; Apartamento para tres en Echo Park (Echo Park, Robert Donhelm, 1986); Peligrosamente juntos (Legal Eagles, Ivan Reitman, 1986) comedia romántica de Robert Redford y Debra Winger; Por favor, maten a mi mujer! (Ruthless People, Jim Abrahams, 1986) de Danny DeVito, con Bette Midler haciendo su papel de siempre, es una película muy curiosa porque a pesar de recaudar 90m $ perdió 11m a pesar de que solo costó $17m. ¿Por qué? principalmente por los gastos de publicidad y mercadotecnia ¿Curioso, verdad?.

En Hechizo de luna (Moonstruck, Norman Jewison, 1987) Cher y Olympia Dukakis se llevaron sendos Oscar de La Academia. Y La princesa prometida (The Princess Bride, Rob Reiner, 1987) es una de las comedias más completas de todos los tiempos; Cita a ciegas (Blind Date, Blake Edwards, 1987) con su pareja Kim Basinger, Bruce Willis consigue su primer gran éxito en cine después de la serie de TV de «Luz de luna«; Arizona Baby (Raising Arizona, Joel Coen, 1987), quizá la comedia más disparatada de los Cohen, protagonizada por un emergente Nicholas Cage; El secreto de mi éxito (The Secret of my Success, Herbert Ross, 1987) de Michael J. Fox; Dos sabuesos despistados (Dragnet, Tom Mankiewicz, 1987) de Dan Aykroyd y Tom Hanks parodia de la serie de TV Dragnet 1967; Estado crítico (Critical Condition, Michael Apted, 1987) con Richard Pryor; ¿Estás muerta, cariño? (Hello Again, Frank Perry, 1987) y Se acabó el pastel (Heartburn, Mike Nichols, 1987) de Meryl Streep y Jack Nicholson.

No matarás… al vecino (The Burbs, Joe Dante, 1988) con Tom Hanks y Una nueva vida (A New Life, 1988).

Para finalizar este apartado nos queda la producción que se ha convertido con el tiempo en uno de los paradigmas de la comedia romántica: Cuando Harry encontró a Sally (When Harry Met Sally, Rob Reiner, 1989); Vida y amores de una diablesa (She-Devil, 1989); Cariño, he encogido a los niños (Honey, I Shrunk the Kids, Joe Johnston, 1989) de la que hubo una secuela posterior también protagonizada por Rick Moranis; Destaca la taquilla de 224m$ de La guerra de los Rose (The War of the Roses, Danny DeVito, 1989) Michael Douglas y Kathleen Turner llevando a cabo la versión «ochentera» de la batalla de los sexos, arrastrada al límite de la beligerancia y retorciendo además el final de Duelo al sol (Duel in the Sun, King Vidor, 1946). La bruja de mi madre (Wicked Stepmother, Larry Cohen, 1989) última película de Bette Davis.

Drama

La década comienza para el género con El clásico El hombre elefante (The Elephant Man, David Lynch, 1980) y el drama familiar Gente corriente (Ordinary People, Robert Redford, 1980), el cual viene a contar que detrás de la familia acomodada, que se distrae jugando al bridge, únicamente hay vidas vacías y superficiales. y el creciente consumismo y sueños de riqueza de Melvin y Howard (Melvin and Howard, Jonathan Demme, 1980).

Resultan también de lo más interesantes los perfiles psicológicos de Foxes (Adrian Lyne, 1980), cuyos papeles se aproximan bastante a los de los protagonistas de los largometrajes actuales de Larry Clark y similares.

Una obra bastante atípica es, por su visión más abierta, Rojos (Reds, Warren Beatty, 1981), que si bien podría haber ido mucho más lejos, no presentaba a los comunistas como diablos rojos con cuernos y rabo, como era habitual hasta la fecha, lo cual es siempre de agradecer. Beatty realiza un esfuerzo de 4 años con un presupuesto de $35m para producir esta génesis del marxismo norteamericano en unos tiempos en que la industria estaba interesada en otras cuestiones.

Encontramos las inquietudes militaristas de Taps, más allá del honor (Harold Becker, 1981); el sorprendente éxito comercial de un drama generacional de viejo cuño: En el estanque dorado (On Golden Pond, Mark Rydell, 1981); Queridísima mamá (Mommie Dearest, Frank Perry, 1981) es el biopic de la actriz Joan Crawford; Amor sin fin (Endless Love, Franco Zeffirelli, 1981).

El drama judicial en Veredicto final (The Verdict, Sidney Lumet, 1982) se ha convertido con el tiempo en el paradigma de la lucha de David contra Goliat; Cinco días, un verano (Five Days One Summer, Fred Zinnemann, 1982); Frances (Graeme Clifford, 1982) con Jessica Lange.

La fuerza del cariño (Terms of Endearment, James L. Brooks, 1983) es el drama familiar más lacrimógeno con un importante éxito de taquilla.

Adiós a la inocencia (Racing With the Moon, Richard Benjamin, 1984) con unos jovencísimos Sean Penn y Nicholas Cage; los problemas generacionales de Harry e hijo. (Harry and Son, Paul Newman, 1984); La pasión de China Blue (Crimes of Passion, Ken Russell, 1984) marcada por la hipocresía sexual y fundamentalismo religioso; La última solución de Grace Quigley (The Ultimate Solution of Grace Quigley, Anthony Harvey, 1984) toca el tema de la eutanasia; Hotel New Hampshire (Tony Richardson, 1984) y otra producción típicamente ochentera: Elígeme (Choose Me, Alan Rudolph, 1984).

Loco de amor (Fool for Love, Robert Altman, 1985) con Sam Shepard y Kim Basinger; Natty Gann (The Journey of Natty Gann, Jeremy Paul Kagan, 1985) es la aproximación de la factoría Disney a los filmes con solera sobre los años 30. Sin la «blaxploitation» de Sounder (Martin Ritt, 1971), ni las perspectivas sociales y políticas de Boxcar Bertha (Martin Scorsese, 1972); Mishima (Paul Schrader, 1985); Hombres frente a frente (At Close Range, James Foley, 1985); Máscara (Mask, Peter Bogdanovich, 1985); St. Elmo, punto de encuentro (St. Elmo’s Fire, Joel Schumacher, 1985) tiene muchos puntos en común con las películas generacionales del momento.

Hijos de un dios menor (Children of a Lesser God, Randa Haines, 1986); Crímenes del corazón (Crimes of the Heart, Bruce Beresford, 1986); el drama juvenil Cuenta conmigo (Stand by Me, Rob Reiner, 1986); Entre amigas (Just Between Friends, Allan Burns, 1986); Instinto sádico (River’s Edge, Tim Hunter, 1986) destaca por su nihilismo y la pasiva falta de valores de sus protagonistas, envueltos en violencia y drogas. Esta cinta cuenta con magníficas interpretaciones y no desmerece en comparación con cualquiera de las que se producen en la actualidad.

Dublineses (The Dead, 1987) es el testamento del maestro John Huston; Rock Star (Light of Day, Paul Schrader, 1987); El Borracho (Barfly, Barbet Schroeder, 1987) autobiografía del escritor Bukowski y Tallo de hierro (Ironweed, Héctor Babenco, 1987), drama alcohólico del Pulitzer William Kennedy, con Nicholson y Streep consiguiendo sendas nominaciones al Oscar; la pastelosa Hecho en el cielo (Made in Heaven, Alan Rudolph, 1987) está muy en la onda de la favorita de casi todas las chicas: Ghost (Jerry Zucker, 1990).

Frenético (Frantic, Roman Polanski, 1988) presenta el drama de un americano en París; Alcohol y coca (Clean and Sober, Glenn Gordon Caron, 1988); El drama juvenil Cocktail (Roger Donaldson, 1988) de Tom Cruise, camarero obsesionado por el dinero y el status, con el final moralizador habitual que Hollywood no nos puede perdonar.

Procedente de Relaciones peligrosas (Les Liaisons dangereuses, Roger Vadim, 1959) encontramos el retrato de una libertina y amoral sociedad en decadencia de $80m: Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, Stephen Frears, 1988) con la versión posterior de Valmont (Milos Forman, 1989), ambos trabajos bajo bandera británica; La caja de música (Music Box, Constantin Costa-Gavras, 1989) revive los viejos fantasmas del nazismo con Jessica Lange de «prota». Mi padre (Dad, Gary David Goldberg, 1989) drama familiar lacrimógeno; Un gran amor (Say Anything…, Cameron Crowe, 1989), el codicioso padre no aprueba a la pareja de su hija, en su avaricia roba a los ancianos que cuida; Los fabulosos Baker boys (The Fabulous Baker Boys, Steve Kloves, 1989); Escuela de jóvenes rebeldes (Lean on Me, John G. Avildsen, 1989); El club de los poetas muertos (Dead Poets Society, Peter Weir, 1989) bajo el signo del «Carpe Diem».

Tendencias de los 80

El origen de este cine estandarizado hay que buscarlo en las producciones de los años 80. Rompiendo con las tendencias vanguardistas y reivindicativas de los 60 y 70, surgen en esta década nuevas directrices en la industria. La fábrica de sueños se convierte en la factoría del papel moneda y el sagrado dólar es la piedra angular de estos años de crecimiento económico.

Durante los 80, la antigua Unión Soviética intenta prolongar su larga agonía hasta su desintegración definitiva con la caída del Muro en 1989. Se avecina «El fin de la historia» de Francis Fukuyama. Recién estrenado el decenio llega a La Casa Blanca el mediocre actor, y presidente del sindicato de actores (1947-54) en la época de la caza de brujas de McCarthy, Ronald Wilson Reagan, elegido para gobernar, con mano de hierro, los destinos de occidente.

Al igual que Mrs. Thatcher en U.K., Mr. Reagan es un firme defensor de la doctrina neoliberal. Para este mandatario el gobierno «no es la solución sino el problema» y proclama a los cuatro vientos las bienaventuranzas de la «mano invisible» del mercado. Además, y por si fuera poco, el nuevo presidente es un guardián a ultranza de los llamados «valores norteamericanos».

Los años ochenta, la década del plástico, fue una época muy cinematográfica. El escudo defensivo antimisiles norteamericano fue llamado «Star Wars» y el mismo Ronald Reagan declaró en uno de sus discursos la famosa frase: «Y con el espíritu de Rambo dejadme que os diga que vamos a ganar esta vez«.

Peter Biskind lo explica así en Sexo, Mentiras y Hollywood: «Cuando el tsunami llamado Ronald Reagan arrasó todo lo que se le ponía por delante, el mercado reemplazó a Mao, el Wall Street Journal derrotó al Pequeño Libro Rojo y la economía basada en la oferta suplantó al poder del pueblo».

El resultado de esta política fundamentalista y ultra-conservadora es una era de ambición y corrupción desmedidas. Las grandes fortunas crecen, como hongos, de la noche a la mañana. Parte de la sociedad norteamericana se convierte en lo que Tom Wolfe definió como La hoguera de las vanidades (1987), poco que ver con el espantoso largometraje homónimo rodada por Brian de Palma en 1989.

Mientras el cine mundial en general, y europeo en particular, continúa encerrado en su concha nacionalista, el norteamericano aprovecha la situación babélica para obstinarse en su imparable colonialismo cultural. Las «majors» reciben un importante empuje con la abolición, en estas fechas, de las viejas leyes antimonopolio promulgadas después de La II Guerra Mundial. A pesar de la competencia de la TV y de que la piratería de cintas de vídeo es un negocio en auge, en 1986 las recaudaciones por las cintas ya doblan las obtenidas en las taquillas.

En vista de la situación, las grandes compañías diversifican sus líneas de negocio mediante la distribución y otros ingresos paralelos: emisoras de televisión convencional, por satélite y por cable. Disney Channel, por ejemplo, empezó a funcionar en 1981 y el dinero enseguida empezó a correr a raudales. Ya en 1983, Showtime, el canal de cable, abonó $500m a Paramount Pictures por los derechos de exhibición de sus producciones durante 5 años.

A finales de la década, en 1989, la industria recaudó 22,6 billones $ en todo el mundo, incrementando el cien por cien los resultados de 1984, convirtiéndose, en este corto periodo de tiempo, en el segundo sector exportador del país, solo superado por el todopoderoso departamento de defensa.

Atraídos por los dividendos y el negocio fácil de este sector estratégico, las nuevas compañías productoras-distribuidoras experimentan importantes capitalizaciones, originadas por los continuos cambios de propietarios.

Comenzando su tormentosa andadura, Francis Ford Coppola funda Zoetrope con la compra de Hollywood General Studios por $6,7m En 1980. Sin embargo, a principios de los 90 tuvo que declarar una bancarrota de 20m$ y dirigir por encargo El padrino III para saldar, al menos una parte de la deuda contraída por sus desmesurados derroches. Coppola proyectó su propia experiencia creativa frente al oligopolio de las «majors» en el corazón del mundo industrial automovilístico de Tucker, un hombre y su sueño (Tucker: the Man and His Dream, 1988). La vieja lucha de David contra Goliat, esta vez sita en su ciudad natal, Detroit.

En el año 1981, Kirk Kerkorian, propietario de Metro-Goldwyn-Mayer desde 1969, se hace con United Artists por 370m$ y el magnate del petróleo Marvin Davis compra 20th Century Fox por 700m$.

Un año después, en 1982, Coca Cola adquiere Columbia Pictures Entertainment por 750m$ y en 1985 el multimillonario Rupert Murdoch se hace con la Fox de Davis por 500m$. Este mismo año Ted Turner de CNN sumó a su emporio la MGM/UA de Kerkorian por 1.400m$. Turner sólo pudo mantener la productora durante 74 días y para recuperar su inversión vendió United Artists y la marca registrada MGM otra vez a Kerkorian. Lorimar, por su parte, se quedó con la parte de estudios cinematográficos.

Estas cifras millonarias son simple calderilla cuando un año después de adquirir CBS Records, ya en 1989, el gigante japonés Sony compra Columbia (la compañía TriStar Pictures incluida) por la escalofriante suma de 3.400m$.

Para finalizar la década, en 1990, MGM/UA fue adquirido por la suma de 1.3m$ por el financiero italiano Giancarlo Parretti, el cuál, faltó a los pagos y se vio obligado a vender el estudio de nuevo a Kerkorian.

Después de este esperpéntico baile de propietarios, no es de extrañar que el personal de los estudios no supiera muy bien para quien estaba trabajando y que, al mismo tiempo, el desbarajuste financiero repercutiera en el producto final. Por otro lado, desde el punto de vista político, es conocido por todos que Rupert Murdoch, por poner sólo un ejemplo, era un abierto simpatizante del presidente Reagan y la presión que se ejercía para darle amplia cobertura desde su emporio de medios de comunicación.

Casi está de sobra comentar, que ninguna de estas multinacionales, ni los especuladores «tycoons», cabecillas del Forbes, realizaron sus inversiones movidos por inquietudes altruistas, ni mucho menos artísticas. De hecho, si las películas de las grandes empresas norteamericanas son en la actualidad, en su mayor parte, refritos de viejos clichés es, sin lugar a dudas, por la política de negocio que sus nuevos propietarios implementaron en los años posteriores. Las producciones cinematográficas camparon, como nunca, a sus anchas por los territorios ya sembrados, cosechados y trillados. A día de hoy, las cosas no han cambiado demasiado. El 6 de Abril de 2007 Kerkorian ofreció 4.500m$ para hacerse con el control de la filial estadounidense de Chrysler.

Entrando ya en el terreno puramente cinematográfico: la pretenciosa cinta finisecular La puerta del cielo (Heaven’s Gate, Michael Cimino, 1980), western «maldito» por excelencia, muestra el capitalismo sanguinario en su vertiente más fascista y xenófoba. Su costo pasó de 11 a $42m, y a punto estuvo de hundir United Artists, que fue comprada, a precio de saldo, por el ya mencionado Kerkorian. Esta producción constituyó un punto de fractura en la industria. Cimino pagó cara su osadía y a partir de este fiasco, no volvió a darse cheques en blanco a los creadores. Los presupuestos de las producciones se controlaron, a partir de esta fecha, con criterios estrictamente mercantilistas.

Otro punto importante de inflexión, esta vez en sentido inverso, se produce cuando Universal Pictures recauda 229m$ de la época sólo en EEUU y un total de $700m con E.T. El Extraterrestre (Steven Spielberg, 1982). A partir de aquí, los ejecutivos de los estudios se preocupan únicamente por dar «el pelotazo». La calidad se convierte en una cuestión que ni siquiera se plantea. Las producciones que no baten el récord de taquilla son automáticamente consideradas un fracaso y la codicia corporativa dirige por completo la política de los estudios.

Con este precedente, el «mainstream» de la industria cinematográfica norteamericana se consolida como generadora de productos de consumo y entretenimiento de masas con un «target» de público adolescente. La producción basada en el denominado «high concept»se consolida tras los taquillazos de Tiburón y la guerra de las Galaxias. Aunque no llega a los niveles de «media hype» y mercadotecnia de hoy en día, en los que se nos oferta desde la banda sonora, pasando por camisetas, tazas, etc… Que ha ido instaurando el habitual merchandising de la actualidad. Se da un primer paso hacia la sociedad del espectáculo a medio camino del actual (Capitalismo de ficción (Vicente Verdú, Anagrama, 2003)).

Billy Wilder, como perspicaz observador de los derroteros hacia los que se dirigía el séptimo arte, aborda la situación con su particular sentido del humor en el homenaje que La Asociación de Cineastas le brindó en el Lincoln Center el 3 de Mayo de 1982: «Hollywood ha cambiado muchísimo -señalaba-. Hoy en día la mitad de la gente con la que te encuentras se va al día siguiente a China a ultimar un trato de coproducción, la otra mitad va de camino al Hospital Cedars-Sinai a que le hagan un bypass cuádruple. A decir verdad, la industria cinematográfica al completo se encuentra en cuidados intensivos, así que… ¿a quién llaman para salvar al paciente? A una legión completa de abogados, agentes, operadores de cadenas de supermercados, distribuidores de refrescos… son estos quienes deciden qué película va a hacerse y cuál no. Su enfoque es muy científico: proyecciones informatizadas, investigaciones de mercado, perfiles de audiencia… y siempre dan la misma respuesta: «Contrata a Richard Pryor, esta semana es muy popular.» La verdad, por supuesto, es que cuando pones en marcha un proyecto cinematográfico, te sale de dentro de las entrañas, de las agallas, y el requisito previo es que tengas agallas» (Billy Wilder, aquí un amigo, Kevin Rally, página 473).

Paradójicamente, desde el punto de vista artístico, la década no pudo empezar mejor. Influida en gran medida por la historia de inmigración italiana, boxeo y conflictos entre hermanos de Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, Luchino Visconti, 1970), encontramos, en espectacular blanco y negro, el auge y la posterior bajada a los infiernos de Toro salvaje (Raging Bull, Martin Scorsese, 1979). Para la gran mayoría, un peso pesado de la historia del cine.

Sin embargo, este filme no es, desgraciadamente, demasiado representativo, las iniciativas de la industria se dirigían, en otras direcciones. De esta manera, es sencillo averiguar las producciones que funcionan en taquilla porque sus recetas son exprimidas en progresivas secuelas que intentan sacar todo el jugo al producto, hasta agotar la idea original: 15m$ Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985); bajo bandera británica se producen las super-comerciales de Superman II, III y IV, e incluso una Supergirl (Jeannot Szwarc, 1984); Teen Wolf (Rod Daniel, 1985) y Teen Wolf II (Christopher Leitch, 1987); Los Cazafantasmas (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) con un presupuesto de 32m$ recauda $120m; la super saga de Loca academia de policía llegó a seis episodios en los 80 y al número de la suerte en el 1994; Top secret (Jim Abrahams, 1984) humor absurdo protagonizado por Val Kilmer; Aterriza como puedas (Airplane!, David Zucker, Jerry Zucker, 1980); Agárralo como puedas (The Naked Gun, David Zucker, 1989); Arthur, el soltero de oro (Steve Gordon, 1981) con una secuela que prosigue con el cuento de hadas sobre un millonario estúpido de vida absurda; Cocoon y Cocoon: El retorno; Porky’s y Porky’s II, Arma joven; Depredador; La tres entregas de Poltergeist; Yo soy la justicia; Posesión infernal (The Evil Dead, Sam Raimi, 1982) y Terroríficamente muertos (Evil Dead II, Sam Raimi, 1987); Aullidos (The Howling, Joe Dante, 1980) y 3 versiones ochenteras posteriores; las pelis de Basket Case; Class (Lewis John Carlino, 1983); Hellraiser (Clive Barker, 1987) Hellbound: Hellraiser II (1988) y Las innumerables secuelas de House y Halloween, sin embargo, el premio se lo tiene que llevar Viernes 13 con 8 producciones en los 80, dos más en los en los 90 y como guinda la esperpéntica lucha contra Freddy en 2003.

Pesadilla en Elm Street, marcada por el riesgo de los adolescentes de perecer durante el sueño como en La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956); resulta relevante que una peli del montón como la IV entrega de la saga Elm Street multiplicó 10 veces el coste con los beneficios que reportó a sus productores. Noche de miedo (Fright Night, Tom Holland, 1985) y 2; Karate Kid; Phantasma II (Don Coscarelli, 1988); El señor de las bestias (The Beastmaster, Don Coscarelli, 1982) se repite con The Beastmaster II y III en los 90; de las entregas ochenteras de La guerra de las galaxias destaca el Retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983), de las primeras producciones que sacaron posteriormente el videojuego.

Contamos también con Cuatro episodios de Star Trek (del II al V), la serie que no parece tener fin. Lo mismo que el incansable Rocky (púgil italo-católico, paradigma del consumismo norteamericano) en cuya IV parte, tuvo la desfachatez de arengar al pueblo ruso, en presencia de Gorbachov, para impulsar la Perestroika. Incluso las penosas aventuras del australiano Cocodrilo Dundee, son distribuidas, con gran éxito, por cierto, por Paramount.

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