Durante
los 80, la antigua Unión Soviética
intenta prolongar su larga agonía hasta
su desintegración definitiva con la caída
del Muro en 1989. Se avecina "El
fin de la historia" de Francis Fukuyama.
Recién estrenado el decenio llega a La
Casa Blanca el mediocre actor, y presidente
del sindicato de actores (1947-54) en la época
de la caza de brujas de McCarthy, Ronald
Wilson Reagan, elegido para gobernar, con mano
de hierro, los destinos de occidente.
Al
igual que Mrs. Thatcher en U.K., Mr.
Reagan es un firme defensor de la doctrina neoliberal.
Para este mandatario el gobierno "no es
la solución sino el problema" y
proclama a los cuatro vientos las bienaventuranzas
de la "mano invisible" del mercado.
Además, y por si fuera poco, el nuevo
presidente es un guardián a ultranza
de los llamados "valores norteamericanos".
Los años ochenta, la década del plástico, fue una época muy cinematográfica. El escudo defensivo antimisiles norteamericano fue llamado "Star Wars" y el mismo Ronald Reagan declaró en uno de sus discursos la famosa frase: "Y con el espíritu de Rambo dejadme que os diga que vamos a ganar esta vez".
Peter
Biskind lo explica así en Sexo,
Mentiras y Hollywood: "Cuando
el tsunami llamado Ronald Reagan arrasó
todo lo que se le ponía por delante, el
mercado reemplazó a Mao, el Wall
Street Journal derrotó al Pequeño
Libro Rojo y la economía basada en la
oferta suplantó al poder del pueblo".
El
resultado de esta política fundamentalista
y ultra-conservadora es una era de ambición
y corrupción desmedidas. Las
grandes fortunas crecen, como hongos, de la
noche a la mañana. Parte de la sociedad
norteamericana se convierte en lo que Tom Wolfe
definió como La hoguera de las vanidades
(1987), poco que ver con el espantoso largometraje
homónimo rodada por Brian de Palma en
1989.
Mientras
el cine mundial en general, y europeo en particular,
continúa encerrado en su concha nacionalista,
el norteamericano aprovecha la situación
babélica para obstinarse en su imparable
colonialismo cultural. Las "majors"
reciben un importante empuje con la abolición,
en estas fechas, de las viejas leyes antimonopolio
promulgadas después de La II Guerra Mundial.
A pesar de la competencia de la TV y de que
la piratería de cintas de vídeo
es un negocio en auge, en 1986 las recaudaciones
por las cintas ya doblan las obtenidas en las
taquillas.
En
vista de la situación, las grandes compañías
diversifican sus líneas de negocio mediante
la distribución y otros ingresos paralelos:
emisoras de televisión convencional,
por satélite y por cable. Disney Channel,
por ejemplo, empezó a funcionar en 1981
y el dinero en seguida empezó a correr
a raudales. Ya en 1983, Showtime, el canal de
cable, abonó 500m$ a Paramount Pictures
por los derechos de exhibición de sus
producciones durante 5 años.
A
finales de la década, en 1989, la industria
recaudó 22,6 billones $ en todo el mundo,
incrementando el cien por cien los resultados
de 1984, convirtiéndose, en este corto
periodo de tiempo, en el segundo sector
exportador del país, solo superado por
el todopoderoso departamento de defensa.
Atraídos
por los dividendos y el negocio fácil
de este sector estratégico, las nuevas
compañías productoras-distribuidoras
experimentan importantees capitalizaciones,
originadas por los continuos cambios de propietarios.
Comenzando
su tormentosa andadura, Francis Ford
Coppola funda Zoetrope con la compra
de Hollywood General Studios por 6,7m$ En 1980.
Sin embargo, a principios de los 90 tuvo que
declarar una bancarrota de 20m$ y dirigir por
encargo El padrino III para saldar,
al menos una parte de la deuda contraida por
sus desmesurados derroches.
Coppola
proyectó su propia experiencia creativa
frente al oligopolio de las "majors"
en el corazón del mundo industrial automovilístico
de Tucker, un hombre y su sueño (Tucker:
the Man and His Dream, 1988). La vieja
lucha de David contra Goliat, esta vez sita
en su ciudad natal, Detroit.
En
el año 1981, Kirk Kerkorian,
propietario de Metro-Goldwyn-Mayer desde 1969,
se hace con United Artists por 370m$ y el magnate
del petróleo Marvin Davis compra 20th
Century Fox por 700m$.
Un
año después, en 1982, Coca
Cola adquiere Columbia Pictures Entertainment
por 750m$ y en 1985 el multimillonario
Rupert Murdoch se hace con la Fox de Davis por
500m$. Este mismo año Ted Turner de CNN
sumó a su emporio la MGM/UA de Kerkorian
por 1.400m$. Turner sólo pudo mantener
la productora durante 74 días y para
recuperar su inversión vendió
United Artists y la marca registrada MGM otra
vez a Kerkorian. Lorimar, por su parte, se quedó
con la parte de estudios cinematográficos.
Estas
cifras millonarias son simple calderilla cuando
un año después de adquirir CBS
Records, ya en 1989, el gigante japonés
Sony compra Columbia (la compañía
TriStar Pictures incluida) por la escalofriante
suma de 3.400m$.
Para
finalizar la década, en 1990, MGM/UA
fue adquirido por la suma de 1.3m$ por el financiero
italiano Giancarlo Parretti, el cuál,
faltó a los pagos y se vio obligado a
vender el estudio de nuevo a Kerkorian.
Después
de este esperpéntico baile de propietarios,
no es de extrañar que el personal de
los estudios no supiera muy bien para quien
estaba trabajando y que, al mismo tiempo, el
desbarajuste financiero repercutiera en el producto
final. Por otro lado, desde el punto de vista
político, es conocido por todos que Rupert
Murdoch, por poner sólo un ejemplo,
era un abierto simpatizante del presidente
Reagan y la presión que se ejercía
para darle amplia cobertura desde su emporio
de medios de comunicación.
Casi
está de sobra comentar, que ninguna de
estas multinacionales, ni los especuladores
"tycoons", cabecillas del Forbes,
realizaron sus inversiones movidos por inquietudes
altruistas, ni mucho menos artísticas.
De hecho, si las películas de las grandes
empresas norteamericanas son en la actualidad,
en su mayor parte, refritos de viejos clichés
es, sin lugar a dudas, por la política
de negocio que sus nuevos propietarios implementaron
en los años posteriores. Las producciones
cinematográficas camparon, como nunca,
a sus anchas por los territorios ya sembrados,
cosechados y trillados. A día de hoy,
las cosas no han cambiado demasiado. El 6 de
Abril de 2007 Kerkorian ofreció
4.500m$ para hacerse con el control de la filial
estadounidense de Chrysler.
Entrando
ya en el terreno puramente cinematográfico:
la pretenciosa cinta finisecular La puerta
del cielo (Heaven's Gate, Michael Cimino, 1980),
western "maldito" por excelencia,
muestra el capitalismo sanguinario en su vertiente
más fascista y xenófoba. Su costo
pasó de 11 a 42m$, y a punto estuvo de
hundir United Artists, que fue comprada, a precio
de saldo, por el ya mencionado Kerkorian. Esta
producción constituyó un punto
de fractura en la industria. Cimino pagó cara su osadía y a partir
de este fiasco, no volvió a darse cheques
en blanco a los creadores. Los presupuestos
de las producciones se controlaron, a partir
de esta fecha, con criterios estrictamente mercantilistas.
Otro
punto importante de inflexión, esta vez
en sentido inverso, se produce cuando Universal
Pictures recauda 229m$ de la época sólo
en EEUU y un total de 700m$ con E.T.
El Extraterrestre (Steven Spielberg, 1982).
A partir de aquí, los ejecutivos de los
estudios se preocupan únicamente por
dar "el pelotazo". La calidad se
convierte en una cuestión que ni siquiera
se plantea. Las producciones que no baten el
record de taquilla son automáticamente
consideradas un fracaso y la codicia corporativa
dirige por completo la política de los
estudios.
Con
este precedente, el "mainstream"
de la industria cinematográfica norteamericana
se consolida como generadora de productos de
consumo y entretenimiento de masas con un "target"
de público adolescente. La producción
basada en el denominado "high concept"se
cosolida tras los taquillazos de Tiburón
y la guerra de las Galaxias. Aunque no
llega a los niveles de "media hype"
y mercadotecnia de hoy en día, en los
que se nos oferta desde la banda sonora, pasando
por camisetas, tazas, etc... Que ha ido instaurando
el habitual merchandising de la actualidad.
Se da un primer paso hacia la sociedad del espectáculo
a medio camino del actual (Capitalismo de
ficción (Vicente Verdú, Anagrama,
2003)).
Billy
Wilder, como perspicaz observador de los derroteros
hacia los que se dirigía el séptimo
arte, aborda la situación con su particular
sentido del humor en el homenaje que La Asociación
de Cineastas le brindó en el Lincoln
Center el 3 de Mayo de 1982: "Hollywood
ha cambiado muchísimo -señalaba-.
Hoy en día la mitad de la gente con la
que te encuentras se va al día siguiente
a China a ultimar un trato de coproducción,
la otra mitad va de camino al Hospital Cedars-Sinai
a que le hagan un bypass cuádruple. A
decir verdad, la industria cinematográfica
al completo se encuentra en cuidados intensivos,
así que... ¿a quién
llaman para salvar al paciente? A una legión
completa de abogados, agentes, operadores de
cadenas de supermercados, distribuidores de
refrescos... son esos quienes deciden qué
película va a hacerse y cuál no.
Su enfoque es muy científico: proyecciones
informatizadas, investigaciones de mercado,
perfiles de audiencia... y siempre dan la
misma respuesta: "Contrata a Richard Pryor,
esta semana es muy popular." La verdad,
por supuesto, es que cuando pones en marcha
un proyecto cinematográfico, te sale
de dentro de las entrañas, de las agallas,
y el requisito previo es que tengas agallas"
(Billy Wilder, aquí un amigo, Kevin
Rally, página 473).
Paradójicamente,
desde el punto de vista artístico, la
década no pudo empezar mejor. Influida
en gran medida por la historia de inmigración
italiana, boxeo y conflictos entre hermanos
de Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi
fratelli, Luchino Visconti, 1970), encontramos,
en espectacular blanco y negro, el auge y la
posterior bajada a los infiernos de Toro
salvaje (Raging Bull, Martin Scorsese, 1979).
Para la gran mayoría, un peso pesado
de la historia del cine.
Sin
embargo, este filme no es, desgraciadamente,
demasiado representativo, las iniciativas de
la industria se dirigían, en otras direcciones.
De esta manera, es sencillo averiguar las producciones
que funcionan en taquilla porque sus
recetas son exprimidas en progresivas secuelas
que intentan sacar todo el jugo al producto,
hasta agotar la idea original: 15m$ Regreso
al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis,
1985); bajo bandera británica se producen
las super-comerciales de Superman II, III y
IV, e incluso una Supergirl (Jeannot Szwarc,
1984); Teen Wolf (Rod Daniel, 1985) y Teen Wolf
II (Christopher Leitch, 1987); Los Cazafantasmas
(Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) con un presupuesto
de 32m$ recauda 120m$; la supersaga de Loca
academia de policía llegó a seis
episodios en los 80 y al número de la
suerte en el 1994; Top secret (Jim Abrahams,
1984) humor absurdo protagonizado por Val Kilmer;
Aterriza como puedas (Airplane!, David Zucker,
Jerry Zucker, 1980); Agárralo como puedas
(The Naked Gun, David Zucker, 1989); Arthur,
el soltero de oro (Steve Gordon, 1981) con una
secuela que prosigue con el cuento de hadas
sobre un millonario estúpido de vida
absurda; Cocoon y Cocoon: El retorno; Porky's
y Porky's II, Arma joven; Depredador; La tres
entregas de Poltergeist; Yo soy la justicia;
Posesión infernal (The Evil Dead, Sam
Raimi, 1982) y Terroríficamente muertos
(Evil Dead II, Sam Raimi, 1987); Aullidos (The
Howling, Joe Dante, 1980) y 3 versiones ochenteras
posteriores; las pelis de Basket Case; Class
(Lewis John Carlino, 1983); Hellraiser (Clive
Barker, 1987) Hellbound: Hellraiser II (1988)
y Las innumerables secuelas de House y Halloween,
sin embargo, el premio se lo tiene que llevar
Viernes 13 con 8 producciones en los 80, dos
más en los en los 90 y como guinda la
esperpéntica lucha contra Freddy en 2003.
Pesadilla
en Elm Street, marcada por el riesgo de los
adolescentes de perecer durante el sueño
como en La invasión de los ladrones de
cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Don
Siegel, 1956); resulta relevante que una peli
del montón como la IV entrega de la saga
Elm Street multiplicó 10 veces el coste
con los beneficios que reportó a sus
productores. Noche de miedo (Fright Night, Tom
Holland, 1985) y 2; Karate Kid; Phantasma II
(Don Coscarelli, 1988); El señor de las
bestias (The Beastmaster, Don Coscarelli, 1982)
se repite con The Beastmaster II y III en los
90; de las entregas ochenteras de La guerra
de las galaxias destaca el Retorno del Jedi
(Richard Marquand, 1983), de las primeras producciones
que sacaron posteriormente el videojuego.
Contamos
también con Cuatro episodios de Star
Trek (del II al V), la serie que no parece tener
fin. Lo mismo que el incansable Rocky (púgil
italo-católico, paradigma del consumismo
norteamericano) en cuya IV parte, tuvo la desfachatez
de arengar al pueblo ruso, en presencia de Gorbachov,
para impulsar la Perestroika. Incluso las penosas
aventuras del australiano Cocodrilo Dundee,
son distribuidas, con gran éxito, por
cierto, por Paramount. |