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tendencias del cine de los 80

El origen de este cine estandarizado hay que buscarlo en las producciones de los años 80. Rompiendo con las tendencias vanguardistas y reivindicativas de los 60 y 70, surgen en esta década nuevas directrices en la industria. La fábrica de sueños se convierte en la factoría del papel moneda y el sagrado dólar es la piedra angular de estos años de crecimiento económico.

Tendencias del cine de los 80

Durante los 80, la antigua Unión Soviética intenta prolongar su larga agonía hasta su desintegración definitiva con la caída del Muro en 1989. Se avecina "El fin de la historia" de Francis Fukuyama. Recién estrenado el decenio llega a La Casa Blanca el mediocre actor, y presidente del sindicato de actores (1947-54) en la época de la caza de brujas de McCarthy, Ronald Wilson Reagan, elegido para gobernar, con mano de hierro, los destinos de occidente.

Al igual que Mrs. Thatcher en U.K., Mr. Reagan es un firme defensor de la doctrina neoliberal. Para este mandatario el gobierno "no es la solución sino el problema" y proclama a los cuatro vientos las bienaventuranzas de la "mano invisible" del mercado. Además, y por si fuera poco, el nuevo presidente es un guardián a ultranza de los llamados "valores norteamericanos".

Los años ochenta, la década del plástico, fue una época muy cinematográfica. El escudo defensivo antimisiles norteamericano fue llamado "Star Wars" y el mismo Ronald Reagan declaró en uno de sus discursos la famosa frase: "Y con el espíritu de Rambo dejadme que os diga que vamos a ganar esta vez".

Peter Biskind lo explica así en Sexo, Mentiras y Hollywood: "Cuando el tsunami llamado Ronald Reagan arrasó todo lo que se le ponía por delante, el mercado reemplazó a Mao, el Wall Street Journal derrotó al Pequeño Libro Rojo y la economía basada en la oferta suplantó al poder del pueblo".

El resultado de esta política fundamentalista y ultra-conservadora es una era de ambición y corrupción desmedidas. Las grandes fortunas crecen, como hongos, de la noche a la mañana. Parte de la sociedad norteamericana se convierte en lo que Tom Wolfe definió como La hoguera de las vanidades (1987), poco que ver con el espantoso largometraje homónimo rodada por Brian de Palma en 1989.

Mientras el cine mundial en general, y europeo en particular, continúa encerrado en su concha nacionalista, el norteamericano aprovecha la situación babélica para obstinarse en su imparable colonialismo cultural. Las "majors" reciben un importante empuje con la abolición, en estas fechas, de las viejas leyes antimonopolio promulgadas después de La II Guerra Mundial. A pesar de la competencia de la TV y de que la piratería de cintas de vídeo es un negocio en auge, en 1986 las recaudaciones por las cintas ya doblan las obtenidas en las taquillas.

En vista de la situación, las grandes compañías diversifican sus líneas de negocio mediante la distribución y otros ingresos paralelos: emisoras de televisión convencional, por satélite y por cable. Disney Channel, por ejemplo, empezó a funcionar en 1981 y el dinero en seguida empezó a correr a raudales. Ya en 1983, Showtime, el canal de cable, abonó 500m$ a Paramount Pictures por los derechos de exhibición de sus producciones durante 5 años.

A finales de la década, en 1989, la industria recaudó 22,6 billones $ en todo el mundo, incrementando el cien por cien los resultados de 1984, convirtiéndose, en este corto periodo de tiempo, en el segundo sector exportador del país, solo superado por el todopoderoso departamento de defensa.

Atraídos por los dividendos y el negocio fácil de este sector estratégico, las nuevas compañías productoras-distribuidoras experimentan importantees capitalizaciones, originadas por los continuos cambios de propietarios.

Comenzando su tormentosa andadura, Francis Ford Coppola funda Zoetrope con la compra de Hollywood General Studios por 6,7m$ En 1980. Sin embargo, a principios de los 90 tuvo que declarar una bancarrota de 20m$ y dirigir por encargo El padrino III para saldar, al menos una parte de la deuda contraida por sus desmesurados derroches. Coppola proyectó su propia experiencia creativa frente al oligopolio de las "majors" en el corazón del mundo industrial automovilístico de Tucker, un hombre y su sueño (Tucker: the Man and His Dream, 1988). La vieja lucha de David contra Goliat, esta vez sita en su ciudad natal, Detroit.

En el año 1981, Kirk Kerkorian, propietario de Metro-Goldwyn-Mayer desde 1969, se hace con United Artists por 370m$ y el magnate del petróleo Marvin Davis compra 20th Century Fox por 700m$.

Un año después, en 1982, Coca Cola adquiere Columbia Pictures Entertainment por 750m$ y en 1985 el multimillonario Rupert Murdoch se hace con la Fox de Davis por 500m$. Este mismo año Ted Turner de CNN sumó a su emporio la MGM/UA de Kerkorian por 1.400m$. Turner sólo pudo mantener la productora durante 74 días y para recuperar su inversión vendió United Artists y la marca registrada MGM otra vez a Kerkorian. Lorimar, por su parte, se quedó con la parte de estudios cinematográficos.

Estas cifras millonarias son simple calderilla cuando un año después de adquirir CBS Records, ya en 1989, el gigante japonés Sony compra Columbia (la compañía TriStar Pictures incluida) por la escalofriante suma de 3.400m$.

Para finalizar la década, en 1990, MGM/UA fue adquirido por la suma de 1.3m$ por el financiero italiano Giancarlo Parretti, el cuál, faltó a los pagos y se vio obligado a vender el estudio de nuevo a Kerkorian.

Después de este esperpéntico baile de propietarios, no es de extrañar que el personal de los estudios no supiera muy bien para quien estaba trabajando y que, al mismo tiempo, el desbarajuste financiero repercutiera en el producto final. Por otro lado, desde el punto de vista político, es conocido por todos que Rupert Murdoch, por poner sólo un ejemplo, era un abierto simpatizante del presidente Reagan y la presión que se ejercía para darle amplia cobertura desde su emporio de medios de comunicación.

Casi está de sobra comentar, que ninguna de estas multinacionales, ni los especuladores "tycoons", cabecillas del Forbes, realizaron sus inversiones movidos por inquietudes altruistas, ni mucho menos artísticas. De hecho, si las películas de las grandes empresas norteamericanas son en la actualidad, en su mayor parte, refritos de viejos clichés es, sin lugar a dudas, por la política de negocio que sus nuevos propietarios implementaron en los años posteriores. Las producciones cinematográficas camparon, como nunca, a sus anchas por los territorios ya sembrados, cosechados y trillados. A día de hoy, las cosas no han cambiado demasiado. El 6 de Abril de 2007 Kerkorian ofreció 4.500m$ para hacerse con el control de la filial estadounidense de Chrysler.

Entrando ya en el terreno puramente cinematográfico: la pretenciosa cinta finisecular La puerta del cielo (Heaven's Gate, Michael Cimino, 1980), western "maldito" por excelencia, muestra el capitalismo sanguinario en su vertiente más fascista y xenófoba. Su costo pasó de 11 a 42m$, y a punto estuvo de hundir United Artists, que fue comprada, a precio de saldo, por el ya mencionado Kerkorian. Esta producción constituyó un punto de fractura en la industria. Cimino pagó cara su osadía y a partir de este fiasco, no volvió a darse cheques en blanco a los creadores. Los presupuestos de las producciones se controlaron, a partir de esta fecha, con criterios estrictamente mercantilistas.

Otro punto importante de inflexión, esta vez en sentido inverso, se produce cuando Universal Pictures recauda 229m$ de la época sólo en EEUU y un total de 700m$ con E.T. El Extraterrestre (Steven Spielberg, 1982). A partir de aquí, los ejecutivos de los estudios se preocupan únicamente por dar "el pelotazo". La calidad se convierte en una cuestión que ni siquiera se plantea. Las producciones que no baten el record de taquilla son automáticamente consideradas un fracaso y la codicia corporativa dirige por completo la política de los estudios.

Con este precedente, el "mainstream" de la industria cinematográfica norteamericana se consolida como generadora de productos de consumo y entretenimiento de masas con un "target" de público adolescente. La producción basada en el denominado "high concept"se cosolida tras los taquillazos de Tiburón y la guerra de las Galaxias. Aunque no llega a los niveles de "media hype" y mercadotecnia de hoy en día, en los que se nos oferta desde la banda sonora, pasando por camisetas, tazas, etc... Que ha ido instaurando el habitual merchandising de la actualidad. Se da un primer paso hacia la sociedad del espectáculo a medio camino del actual (Capitalismo de ficción (Vicente Verdú, Anagrama, 2003)).

Billy Wilder, como perspicaz observador de los derroteros hacia los que se dirigía el séptimo arte, aborda la situación con su particular sentido del humor en el homenaje que La Asociación de Cineastas le brindó en el Lincoln Center el 3 de Mayo de 1982: "Hollywood ha cambiado muchísimo -señalaba-. Hoy en día la mitad de la gente con la que te encuentras se va al día siguiente a China a ultimar un trato de coproducción, la otra mitad va de camino al Hospital Cedars-Sinai a que le hagan un bypass cuádruple. A decir verdad, la industria cinematográfica al completo se encuentra en cuidados intensivos, así que... ¿a quién llaman para salvar al paciente? A una legión completa de abogados, agentes, operadores de cadenas de supermercados, distribuidores de refrescos... son esos quienes deciden qué película va a hacerse y cuál no. Su enfoque es muy científico: proyecciones informatizadas, investigaciones de mercado, perfiles de audiencia... y siempre dan la misma respuesta: "Contrata a Richard Pryor, esta semana es muy popular." La verdad, por supuesto, es que cuando pones en marcha un proyecto cinematográfico, te sale de dentro de las entrañas, de las agallas, y el requisito previo es que tengas agallas" (Billy Wilder, aquí un amigo, Kevin Rally, página 473).

Paradójicamente, desde el punto de vista artístico, la década no pudo empezar mejor. Influida en gran medida por la historia de inmigración italiana, boxeo y conflictos entre hermanos de Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, Luchino Visconti, 1970), encontramos, en espectacular blanco y negro, el auge y la posterior bajada a los infiernos de Toro salvaje (Raging Bull, Martin Scorsese, 1979). Para la gran mayoría, un peso pesado de la historia del cine.

Sin embargo, este filme no es, desgraciadamente, demasiado representativo, las iniciativas de la industria se dirigían, en otras direcciones. De esta manera, es sencillo averiguar las producciones que funcionan en taquilla porque sus recetas son exprimidas en progresivas secuelas que intentan sacar todo el jugo al producto, hasta agotar la idea original: 15m$ Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985); bajo bandera británica se producen las super-comerciales de Superman II, III y IV, e incluso una Supergirl (Jeannot Szwarc, 1984); Teen Wolf (Rod Daniel, 1985) y Teen Wolf II (Christopher Leitch, 1987); Los Cazafantasmas (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) con un presupuesto de 32m$ recauda 120m$; la supersaga de Loca academia de policía llegó a seis episodios en los 80 y al número de la suerte en el 1994; Top secret (Jim Abrahams, 1984) humor absurdo protagonizado por Val Kilmer; Aterriza como puedas (Airplane!, David Zucker, Jerry Zucker, 1980); Agárralo como puedas (The Naked Gun, David Zucker, 1989); Arthur, el soltero de oro (Steve Gordon, 1981) con una secuela que prosigue con el cuento de hadas sobre un millonario estúpido de vida absurda; Cocoon y Cocoon: El retorno; Porky's y Porky's II, Arma joven; Depredador; La tres entregas de Poltergeist; Yo soy la justicia; Posesión infernal (The Evil Dead, Sam Raimi, 1982) y Terroríficamente muertos (Evil Dead II, Sam Raimi, 1987); Aullidos (The Howling, Joe Dante, 1980) y 3 versiones ochenteras posteriores; las pelis de Basket Case; Class (Lewis John Carlino, 1983); Hellraiser (Clive Barker, 1987) Hellbound: Hellraiser II (1988) y Las innumerables secuelas de House y Halloween, sin embargo, el premio se lo tiene que llevar Viernes 13 con 8 producciones en los 80, dos más en los en los 90 y como guinda la esperpéntica lucha contra Freddy en 2003.

Pesadilla en Elm Street, marcada por el riesgo de los adolescentes de perecer durante el sueño como en La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956); resulta relevante que una peli del montón como la IV entrega de la saga Elm Street multiplicó 10 veces el coste con los beneficios que reportó a sus productores. Noche de miedo (Fright Night, Tom Holland, 1985) y 2; Karate Kid; Phantasma II (Don Coscarelli, 1988); El señor de las bestias (The Beastmaster, Don Coscarelli, 1982) se repite con The Beastmaster II y III en los 90; de las entregas ochenteras de La guerra de las galaxias destaca el Retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983), de las primeras producciones que sacaron posteriormente el videojuego.

Contamos también con Cuatro episodios de Star Trek (del II al V), la serie que no parece tener fin. Lo mismo que el incansable Rocky (púgil italo-católico, paradigma del consumismo norteamericano) en cuya IV parte, tuvo la desfachatez de arengar al pueblo ruso, en presencia de Gorbachov, para impulsar la Perestroika. Incluso las penosas aventuras del australiano Cocodrilo Dundee, son distribuidas, con gran éxito, por cierto, por Paramount.

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