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los años 80, conclusiones

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conclusiones del cine de los 80

De entre lo mejor de la producción general, destaca Blade Runner (Ridley Scout, 1982), sin duda, la película de culto con los valores estéticos más interesantes de la década. La cinta se adelanta al cambio climático y nuestra deshumanizada globalización pilotada por grandes empresas como la omnipotente Tyrrell Corporation, (paradigma del capitalismo salvaje). Asimismo, formula numerosos postulados que se desarrollaron posteriormente con la etiqueta del arquetipo cyberpunk.

Conclusiones cine 80

De las procelosas aguas de los 80 surgieron numerosos personajes marcados por clichés de naturaleza hiperindividualista. El replicante proto-ario Nexus-6 de Blade Runner es el ángel caído, superhombre de Nietzsche. Prometeo con fecha de caducidad, que termina ajustando cuentas con el Dios de la biotecnología. También contamos con el mítico Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, John Milius, 1982) conducido por el lema "Lo que no te mata, te hace más fuerte" por las tierras cimerias de Cuenca a un final muy al estilo de Apocalipsis Now. Incluso Amadeus (Milos Forman, 1984) puede interpretarse como el genio de personalidad vulgar y vida desordenada que encaja perfectamente en el modelo representativo de la era Reagan.

Además de Blade Runner, destacan por su ambiente asfixiante, otros muchos largometrajes: la esquizofrenia de El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980). La carcelaria Brubaker (Stuart Rosenberg, 1980). Por ser la primera en usar imágenes electrónicas en cine comercial: Tron (Steven Lisberger, 1982), donde el protagonista se encuentra atrapado en el software de un ordenador, argumento simplificado de la mesiánica Matrix de los hermanos Wachowski; la paranoia musical de El muro (The Wall, Alan Parker, 1982); la amenaza de apocalipsis nuclear en Juegos de guerra (War Games, John Badham, 1983); la gran repercusión de la producción televisiva El día después (The Day After, Nicholas Meyer, 1983); Testamento final (Testament, Lynne Littman, 1983) y Miracle Mile (Steve De Jarnatt, 1988).

No podemos dejar al margen Paris, Texas (Wim Wenders, 1984); las pesadillas de Cuando llega la noche (Into the Night, John Landis, 1985); Jo, qué noche! (After Hours, Martin Scorsese, 1985) y Brazil (Terry Gilliam, 1985). Retrato de una sociedad aplastada por la monitorización de la burocracia kafkaiana del aparato estatal o 1984 (Nineteen Eighty-Four, Michael Radford, 1984), de la novela homónima de George Orwell ya adaptada en 1984 (Michael Anderson, 1956) y El corazón del ángel (Angel Heart, Alan Parker, 1986), basada en el mito de Fausto en clave "Noir".

En contraposición con el clima tecnológico Único testigo (Witness, Peter Weir, 1985), presenta los contrastes entre el consumismo y violencia que reinan en las calles de Philadelphia y la pureza de la comunidad Amish de Pennsylvania, anclada en principios del siglo XVIII, de manera similar al empleado en Sábado trágico (Violent Saturday, Richard Fleischer, 1955).

Siguiendo esta línea, es de destacar un cine de marcado signo ecologista e incluso claramente reivindicativo en algunos títulos: las producciones surafricanas con distribución de la Fox Los dioses deben estar locos I y II (The Gods Must Be Crazy, Jamie Uys, 1980/1988) hacen una llamada a la no interferencia en culturas primitivas. La ultracomercial El lago azul (The Blue Lagoon, Randal Kleiser, 1980) tiene incluso una versión muda anterior a The Blue Lagoon (Frank Launder, 1949); la antinuclear Silkwood (Mike Nichols, 1983); Los lobos no lloran (Never Cry Wolf. Carroll Ballard, 1983); La selva esmeralda (The Emerald Forest, John Boorman, 1985); en defensa de los chimpancés de los programas espaciales de: Proyecto X (Project X, Jonathan Kaplan, 1987) o Gorilas en la niebla (Gorillas in the Mist, Michael Apted, 1988). Basadas, estas dos últimas, en historias reales.

Incluso la versión de Tarzán de 3m$, Greystoke: la leyenda de Tarzán (Greystoke, the Legend of Tarzan, Hugh Hudson, 1984), tiene su vertiente ecologista. La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, Peter Weir, 1986) es también la aventura ecológica de un científico idealista. Algo similar sucede con el reivindicativo western: Bailando con lobos (Dances with Wolves, Kevin Costner, 1990).

A pesar de la cinta épica de Costner, después del mencionado fracaso de La puerta del cielo, el western queda más que tocado, para revivir en contadas excepciones como Forajidos de leyenda (The Long Riders, Walter Hill, 1980) o el western de 25m$ Silverado (Lawrence Kasdan, 1985). El jinete pálido (Pale Rider, Clint Eastwood, 1985) realiza una versión bastante libre de Raíces profundas (Shane, 1953). Otra versión del mito de Pat Garret y Billy el Niño en Arma Joven (Young Guns, Christopher Cain, 1988) y la segunda parte: Arma Joven 2 (Young Guns 2. Blaze of Glory, Geoff Murphy, 1990).

Desde un planteamiento diferente, los documentales Koyaanisqatsi y Powaqqatsi (Godfrey Reggio, 1982, 1988), también cuentan con gran influencia estética e ideológica sobre obras posteriores, presentan las contradicciones de nuestra civilización y las enormes desigualdades de vida de los terrestres.

En la inteligente comedia Tootsie (Sydney Pollack, 1982), se parodia el mundo de las series televisivas, haciendo una caja de 177m $. Ausencia de malicia (Absence of Malice, Sydney Pollack, 1981) se adentra en el mundo del periodismo, pero es Al filo de la noticia (Broadcast News, James L. Brooks, 1987), la producción más mordaz en su representación de las ambiciones arribistas de los trepas, y las grandezas y miserias en el despiadado mundo de las redacciones informativas de los platós televisivos. Este largometraje es heredero directo de la tradición de Network, un mundo implacable (Network, Sidney Lumet, 1976).

El clima social individualista satura toda la sociedad norteamericana, y no es difícil encontrar el mensaje "sálvese quien pueda" de El turista accidental (The Accidental Tourist, Lawrence Kasdan, 1988), que además obtuvo una recaudación mundial de 250m$. Mensajes de este tipo se encuentran en los géneros más variados: "Ahí fuera estamos solos y mañana tendremos que salir otra vez" de Reencuentro (The Big Chill, Lawrence Kasdan, 1983). En la que la generación de jóvenes radicales de los 60 se ve sobrepasada y abrumada por el materialismo y la competitividad de la nueva era.

Los viejos activistas de los 80 no lo tienen mejor que los yuppies reciclados. En Un lugar en ninguna parte (Running on Empty, Sidney Lumet, 1988). Los cuaro miembros de la familia perseguida por el FBI por su pasado terrorista opuesto a Vietnam viven como proscritos de ciudad en ciudad. Por su parte, Sexo, mentiras y cintas de video (Sex, Lies and Videotape, Steven Soderbergh, 1989), destapa las miserias de la clase acomodada y supuso en el Festival de Sundnace la explosión del cine indie. Productoras como Miramax, de los controvertidos hermanos Bob y Harvey Weinstein se dieron cuenta de que también se podían reventar las taquillas con el cine independiente.
  Destaca por su temática la comedia Rude Awakening (David Greenwalt, Aaron Russo, 1989). Distribuida por Orion Pictures, cuenta la reveladora historia de dos hippies que, tras veinte años de aislamiento en sur América, vuelven a Nueva York en los años ochenta, para encontrase a sus compañeros de protestas revolucionarias convertidos en los que más odiaban años atrás: yuppies hundidos hasta el cuello en la vorágine consumista.

Proliferan, en estos tiempos revueltos, las fantasías post apocalípticas, tipo 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981) o el "Tech noir" de Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984); El guerrero del amanecer (Steel Dawn, Lance Hool, 1987); Hardware (Richard Stanley, 1990). La continuación de la saga darwinista punk Mad Max, que sirvió para lanzar al australiano Mel Gibson. La calidad de los tratamientos de este mismo subgénero se embrutecen y degeneran para adaptarse el paladar exquisito de los amantes de los subproductos de la incomprendida "Serie B". Hasta alcanzar el paroxismo chapucero de Def Con 4 (Paul Donovan, 1985) o Aftershock (Frank Harris, 1990), por poner solo un par de ejemplos.

Ante el endurecimiento de las condiciones laborales en USA, aparecen películas sobre dramas laborales en la línea de finales de los 70, como Blue Collar (Paul Schrader, 1978) o Norma Rae (Martin Ritt, 1979). Destaca particularmente Matewan (John Sayles, 1987) por su mirada nostálgica al sindicalismo minero. La influencia del más puro estilo del clásico La sal de la Tierra (Salt of the Earth, Herbert J. Biberman, 1954) pesa sobre todas ellas. Hay que destacar también la calidad de la producción germana Última salida, Brooklyn (Lezte Ausfahrt Brooklyn, Uli Edel, 1989), que encaja perfectamente en los patrones del género. No son cintas aisladas, podemos encontrar otras como: Pisa a fondo (Gung Ho, Ron Howard, 1986) sindicalismo y automóviles japoneses o Final de trayecto. (End of the Line, Bob Balaban, 1988), road movie ferroviaria de dos viejos que van de Arkansan a Chicago para recuperar sus empleos.

A thin blue line (Errol Morris, 1988), es otro atípico documental que pone en tela de juicio el sistema judicial y saca a colación aspectos de la América más bizarra y profunda.

Por su parte, Michael Moore, con su estilo habitual, libró su particular batalla con General Motors a causa del desmantelamiento industrial de su ciudad natal en Michigan en Roger & Me en 1989. En este documental, el presidente de GM, Mr. Roger B. Smith, se convirte en involuntario e invisible protagonista del filme.

Dentro del cine de tintes románticos, sobresale la reveladora filmografía del "sex symbol" indiscutible de la década: Richard Gere. El actor saltó a la fama por su papel, con ropa de Armani, en American Gigoló (American Gigolo, Paul Schrader, 1980), y cuando nadie se atrevía (se dice que John travolta rechazó el papel y que a Christopher Reeve le ofrecieron un millón de dólares de la época), pasó de Oficial y caballero (An Officer and a Gentleman, 1982) a Pretty Woman (Garry Marshal, 1990). De esta manera, el flamante marine-príncipe azul en ascenso social con su inmaculado uniforme blanco, por el que todas suspiran a principios de los 80, se convierte en un pygmalion-yuppie neoyorkquino. Sueño dorado del cuento de hadas de cualquier cenicienta-prostituta de L.A. La evolución no puede ser más significativa. En cuanto a "La Roberts", sufre también su particular metamorfosis: de patito feo a flamante cisne a golpe de talonario.

Mención especial merece Adrian Lyne. Exitoso realizador del insustancial vídeo clip Flashdance (1983) en el que la compañera del metal se convierte en "prima ballerina" y 9 semanas y media (9 1/2 weeks, 1986) de un "sado light" muy inferior a Terciopelo azul (Blue Velvet, David Lynch, 1986). Posteriormente dirigió el taquillazo Atracción fatal (Fatal Atraction, Adrian Lyne, 1987), en su particular exposición del clima moral de la época, los peligros del adulterio y de dar rienda suelta a las pulsiones sexuales, con alegoría del SIDA incluida. Dejando bien claro su mensaje reaccionario y moralizante. A pesar de que diversos grupos feministas reivindicaron un papel mucho más digno para la mujer.

El SIDA fue también instrumentalizado como una plaga bíblica por los sectores más conservadores. Castigo divino por la promiscuidad (especialmente homosexual). Bautizada en un primer momento, cuando todavía no se conocían sus orígenes, como "gay plague". La muerte de Rock Hudson en 1985 fue importantísima en la concienciación sobre la enfermedad y las posteriores campañas de prevención.

Atracción fatal no es un caso aislado, en 52 vive o muere (52 Pick-Up, John Frankenheimer, 1986) el marido adúltero es chantajeado y posteriormente acusado de asesinato. Ciertamente, estos argumentos suponen un paso atrás con respecto a obras como El mundo según Garp (The World According to Garp, George Roy Hill, 1982) o la reivindicativa Yentl (Barbra Streisand, 1983), que fracasó en las taquillas. Incluso en producciones aparentemente desinhibidas, del tipo La mujer de rojo (The Woman in Red, Gene Wilder, 1984), remake de Un éléphant ça trompe énormément (Yves Robert, 1976), no se libran del final moralizante respecto al sexo.

Encontramos también dramas feministas en ambiente rural: En un lugar del corazón (Places in the Heart, Robert Bentonm, 1984); Country (Richard Pearce, 1984); Cuando el río crece (The River, Mark Rydell, 1984). Y también en el en la esfera laboral, gobernada por los hombres: Cómo eliminar a su jefe (Nine to Five, Colin Higgins, 1980) con las secretarias dando buena cuenta del plutócrata machista de turno; Sospechoso (Suspect, Peter Yates, 1987); Acusados (The Accused, Jonathan Kaplan, 1988).

El llamado "sexo débil" no lo parece lo más mínimo. La ambición capitalista no es patrimonio exclusivamente masculino y está firmemente instalada a todos los niveles en los espacios laborales femeninos. En Corazón sobre ruedas (Heart Like a Wheel, Jonathan Kaplan, 1983) la protagonista también triunfa en el ultramachista mundo de las carreras automovilísticas. La competencia y falta de escrúpulos se manifiestan en Armas de mujer (Working Girl, Mike Nichols, 1988) y Magnolias de acero (Steel Magnolias, Herbert Ross, 1989) da una visión ingeniosa y muy femenina: "Lo único que nos separa de los animales es nuestra capacidad para usar componentes a juego".

Buscando a Susan desesperadamente (Desperately Seeking Susan, Susan Seidelman, 1985) y Algo salvaje, Jonathan Demme Something Wild, 1986) añaden a su mensaje feminista una inconformista ruptura con las normas establecidas.

Las obras con la xenofobia y el racismo como cuestión de fondo, siempre controvertidas, tuvieron su desarrollo en realizaciones que trataban la cuestión racista de forma alegórica como Perro blanco (White Dog, Samuel Fuller, 1981), Dr. Jekill para los blancos, asesino Mr. Hyde para los negros, o de manera explícita en Ragtime (Milos Forman, 1981), costosa adaptación de 32m$ de la novela ambientada a principios del siglo XX; Historia de un soldado (A Soldier's Store, Norman Jewison, 1984); El color púrpura (The Color Purple, Steven Spielberg, 1986); Arde Mississippi (Mississippi Burning, Alan Parker, 1988); Paseando a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, Bruce Beresford, 1989); El sendero de la traición (Betrayed, Constantin Costa-Gavras, 1988) con su racismo escondido en la América profunda y Tiempos de gloria (Glory, Edward Zwick, 1989).

La británica Un mundo aparte (A World Apart, Chris Menges, 1988) y Una árida estación blanca (A Dry White Season, Euzhan Palcy, 1989) recogen el relevo de Grita libertad (Cry Freedom, Richard Attenborough, 1987) en la denuncia de la segregación racial Sudafricana, si bien sus protagonistas son, desgraciadamente, siempre blancos.

Descendiente de la "blaxplotation" aparece con gran éxito: Haz lo que debas (Do the Right Thing, Spike Lee, 1989), representante de un nuevo "realismo urbano", bajo la sombra de un racismo y una violencia siempre latentes. Al margen de militancias raciales Eddie Murphy disfrutó de gran éxito comercial en sus sagas: Límite 48 horas /II (48 Hours, Walter Hill, 1982/1990) y Superdetective en Hollywood /II (Beverly Hills Cop, Martin Brest/Tony Scot, 1984/1987).

Incluso en la comedia más tradicional del tipo Entre pillos anda el juego (Trading Places, John Landis, 1983), se especula sobre la génesis del éxito social y económico, jugando a príncipe y mendigo entre "brokers" de Philadelphia. El actor neoyorquino triunfa a base de desafiante genio y desparpajo en un mundo de altas finazas exclusivo de los blancos. El filme hubiera resultado muy distinto si lo hubiera protagonizado Stallone, como en un principio se planeó.. Murphy continuó posteriormente con comedias del tipo: El chico de oro (The Golden Child, Michael Ritchie, 1986); El príncipe de Zamunda (Coming to America, John Landis, 1988) y Noches de Harlem (Harlem Nights, Eddie Murphy, 1989).

Algo muy similar, aunque a menor escala, sucede con la actriz Whoopi Goldberg en Jumpin' Jack Flash (Penny Marshall, 1986) y La ratera (Burglar, Hugh Wilson, 1987).

El cine se introduce en el mundo homosexual con espíritu tímidamente reivindicativo en numerosos títulos: A la caza (Cruising, William Friedkin, 1980); Personal Best (Robert Towne, 1982); Víctor o Victoria? (Blake Edwards, 1982); Algo más que colegas (Partners, James Burrows, 1982) pareja de polis distinta; Victor y Victoria. (Viktor und Viktoria, Reinhold Schünzel, 1933), remake de la comedia Viktor und Viktoria (Reinhold Schünzel, 1933); Lianna (John Sayles, 1983) siempre en la brecha con su cine independiente. Su otro amor (Making love, Arthur Hiller, 1982); El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman, Héctor Babenco, 1985) que reacudó unos nada despreciables 17m $ de la época; Media hora más contigo (Desert Hearts, Donna Deitch, 1985); Miradas en la despedida (Parting glances, Bill Sherwood, 1986); Trilogía de Nueva York (Torch Song Trilogy, Paul Bogart, 1988); Compañeros inseparables (Longtime Companion, Norman René, 1990), que se adelanta un tiempo a la oscarizada Philadelphia (Jonathan Demme, 1993).

Como suele ocurrir, los títulos británicos son, por lo general, más interesantes Otro país (Another Country, Marek Kanievska, 1984); Mi hermosa lavandería (My Beautiful Laundrette, 1985); Maurice (James Ivory, 1987); Ábrete de orejas (Prick Up your Ears, Stephen Frears, 1987) o las producciones germanas de Rainer Werner Fassbinder como Querelle de 1982.

Las polémicas más fuertes se destaparon por cuestiones religiosas -con la iglesia hemos topado, amigo Sancho-. Agnes de Dios (Agnes of God, Norman Jewison, 1985) entró en la vieja controversia entre lo sagrado y lo humano. Pero fueron Yo te saludo, María (Je vous salue, Marie, Jean-Luc Godard, 1984) y La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, Martin Scorsese, 1988) las que levantaron ampollas. Como ya ocurrió anteriormente, de forma muy similar, con la comedia británica: La vida de Brian (Monty Python's The Life of Brian, Terry Jones, 1979). Estas producciones caldearon bastante el ambiente, chocando de lleno con el clima conservador de la época. Piezas artísticas para unos, blasfemias para los otros, vinieron a polarizar la vieja dialéctica entre progres recalcitrantes y militantes integristas.

La producción The big picture (Christopher Guest, 1989) hace una síntesis muy lúcida en clave de comedia surrealista de cómo la superficial y caprichosa maquinaria de Hollywood presiona al joven y talentoso realizador para que haga una película comercial bastante absurda, siguiendo los gustos del momento y, por supuesto, las exigencias del mercado, en vez de dedicarse a "su película".

Dos estafadores y una mujer (Tin Men, Barry Levinson, 1987) es un material tópicamente ochentero, sobre vendedores sin escrúpulos que se destrozan mutuamente los Cadillacs y acaban a cuernos. Resuelta curioso que ambos frecuentan el mismo ambiente de Baltimore de los 50 de Diner (Barry Levinson, 1982). El comité que investiga sus estafas les expulsa finalmente del gremio por estafa. Tiene un aire similar a la posterior Éxito a cualquier precio (Glengarry Glen Ross, James Foley, 1992).
  Rain Man (Barry Levinson, 1988) es la historia de otro egoísta vendedor de coches interesado por la herencia y la codicia de los casinos que, en este caso, termina cediendo ante el amor fraternal.

Y para finalizar, como paradigma indiscutible del cine de la década, encontramos la cinta: Wall Street (Oliver Stone, 1987). Según el propio director es una extensión de La torre de los ambiciosos (Robert Wise, 1954). Ninguna otra producción representa de forma tan completa el espíritu de la época y la falta de escrúpulos de esta tormentosa era. Al grito de "La codicia es buena" da rienda suelta a un egoísmo narcisista rebosante de erótica del poder.

La acción discurre, como su título indica, sobre las moquetas de los lujosos despachos de los "brokers" de la capital financiera del planeta. Bud Fox, corredor de bolsa interpretado por Charlie Sheen, es el joven "rookie" ambicioso y sin escrúpulos, que de la mano del codicioso Gordon Gekko (Oscar: mejor actor para Michael Douglas) se introduce en una compleja trama de especulaciones bursátiles, espionaje industrial y tráfico de información privilegiada. Inspirados por los principios del I-Ching, el libro del cambio del antiguo oráculo chino y El arte de la guerra de Sun Tzu, los protagonistas perpetran las más temerarias operaciones bursátiles.

Oliver Stone, con una apuesta en escena muy estudiada, realiza una brillante condensación del espíritu de su tiempo. Su obra proporcionó a los yuppies, y demás adoradores del "becerro de oro" un espejo donde mirarse en su camino de escalada hacia la cima de la sociedad de consumo.

El planteamiento de Wall street, en cuanto a su presentación de una sociedad corrupta e inmoral, donde todo está permitido, se llevó al extremo en el largometraje American Psycho (Mary Harron, 2000). Basado en la novela homónima de Bret Easton Ellis de 1991. Iniciado en las premisas del protagonista de Oliver Stone, este nuevo yuppie tiene incluso más intensos y sofisticados impulsos psicopáticos que Henry: retrato de un asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, John McNaughton, 1986). Lo peor, desgraciadamente, estaba aún por llegar.

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